FELIZ CUMPLEAÑOS

de Moribundo Insurgente

             Es el cumpleaños de un amigo y en estas ocasiones la gente no suele acertar mucho con los regalos. En una sociedad consumista y estresada no hay tiempo para mucho, así que una se da una vuelta el día antes (por que no hemos tenido tiempo) por el Corte Inglés, el Media Markt o el Carrefour y al final acabamos comprando cualquier mierda, con toda nuestra ilusión de que le guste: fundas para el móvil, un mp3 baratito, unos auriculares para el iPhone, un bolso Tous o lo que se nos ocurra (la mayoría de las veces más basados en nuestros gustos que en los del cumpleañero).

- ¿Lo quiere para regalo?
- Si, por favor.
 
   Nos lo envuelven para regalo allí mismo; "ellos lo hacen mejor". Pagamos con nuestra tarjeta de crédito y a otra cosa, mariposa. En un momento hemos comprado el regalo "perfecto" para nuestro "amigo", porque claro, recordemos que hemos comprado la primera mierda que a nosotras nos ha hecho gracia, así que a él también se la hará.

   Al entregárselo vemos la ilusión en la cara de nuestro amigo y como cambia cuando ve lo que le hemos regalado, para volver a ver como cambia de nuevo simulando que le gusta.
   Cuando nos marchemos se cagará en nuestros muertos, "¿Para qué quiero yo una funda de móvil roñosa si ya tengo una mejor?", "Un cheque regalo, ¿en serio?", "Ohhhhh, una black box para ir a que me den un masaje... en la otra punta de España, ¿y el viaje quien me lo paga?", "Unos auriculares... marca blanca... los míos son mejores".

   Cuando voy a casa de mi amigo no veo la tetera que alguien creyó que le haría ilusión, claro, mi amigo no toma té; lleva la misma funda del móvil del Barça de siempre; le regaló la black box a sus padres, y ahí están sus auriculares Beats by Dre de alta fidelidad de toda la vida, de los otros... ni rastro.
   Pero sí que veo colgada en la pared del cabezal de su cama el collage que le hice dos años atrás (caray, lo que me costó recopilar todas las fotos), y enseña al otro colega con el que hemos quedado la carta astral encuadernada en papel pergamino que le regalé la semana pasada en su cumpleaños (las tapas de madera me costaron casi un mes hacerlas, entre encontrar la madera adecuada y pirografiarla).

   Y es que en una sociedad consumista como la nuestra, ya poco puede sorprender cualquier mierda que compremos. Adquiere valor lo artesano, lo hecho a mano. Tomarse la molestia de pensar algo que le pueda gustar, dedicarle tiempo y personalizarlo envolviendolo nosotras mismas (si, personalizarlo, porque yo envuelvo tan mal que a la vista se sabe que es el mío) no tiene precio, y ese tiempo utilizado en la persona que queremos es precisamente lo más valorado por mi amigo, que guarda con celo mis recuerdos de aniversario.