El derecho a decidir (parte 2)

de Lucas Albor



   Llegó el 1 de octubre. Carles Sheepdeimon, el líder más visible de OvejaSexy, se levantó temprano aquella mañana. Tenía muchísimas cosas que hacer. Bebió café, masticó un par de galletas y después realizó algunas llamadas. Estuvo hablando con el delegado de seguridad y con el portavoz del partido ovejista. Era un día importante y todo tenía que estar bajo control.

   Al anochecer, proclacmaría la aprobación ciudadana del derecho a fornicar con rumiantes, ante una multitud enfervorecida y deseosa de apretarse a alguna oveja. Las encuestas internas daban ganador al «sí» con un margen bastante amplio. No podía haber errores.

   Todo estaba bajo control. Pese que el partido de la derecha trataba de impedir la celebración del referéndum por todos los medios, se habían anunciado ya los seiscientos mil colegios electorales en los que la población podría expresar libremente su voluntad. Bastaba con enviar un wathsapp para que cualquier ciudadano pudiera conocer dónde estaba censado.

   El movimiento de masas era imparable. El ejército había acordonado algunos colegios, pero el noventa por ciento estaban abiertos y listos para recibir a los pro-ovejistas, según el delegado de seguridad. Y la actuación represiva del partido de la derecha no había hecho más que sumar apoyos en favor de la consulta.

   En aquellos momentos, el sexo con ovejas se entendía ya como un compromiso democrático. Incluso los partidarios del «no» defendían la celebración del referéndum. Estaba siendo una jugada maestra, digna de los grandes estrategas de la filosofía política.

   Antes de salir a ejercer su inalienable derecho al voto, Carles Sheepdeimon decidió llamar al líder de la derecha, para cachondearse un poco. Carles se sentía de buen humor aquella mañana:

   —¡Eh, Mariano, qué pasa, joder¡ — dijo, cuando el líder de la derecha descolgó el teléfono — ¿Cómo te trata la vida? ¿Todo en orden? ¿Cómo está tu mujer?
   — Hostia, Carles, me cago en la puta. Es el vecino el que elige al alcalde, y es el alcalde el que quiere que le elija el vecino.

   Mariano Chuches y Carles Sheepdeimon llevaban meses sin verse. Desde que se iniciara el proceso en favor de la zoofilia, ni siquiera habían cruzado un tweet. Ni un triste «me gusta» en Facebook. Las últimas actuaciones del partido de la derecha habían contribuido a  enfriar las relaciones. Desde que se anunciara el referéndum, Mariano Chuches había estado coordinando el despliegue de un enorme operativo policial y militar. Se habían hecho detenciones entre los miembros de OvejaSexy, y todo el partido se encontraba imputado por sedición y desacato. Algunas de las voces más destacadas entre los pro-ovejistas aún se encontraban en la cárcel. Las manifestaciones por el derecho a decidir habían sido disueltas violentamente, y algunos manifestantes fueron ejecutados al azar.

   Pese a que Carles Sheepdeimon criticó duramente las actuaciones del partido de la derecha, recurriendo incluso a organismos internacionales, siempre supo que todo aquello le beneficiaba.

   — Joder, Mariano, si es que pareces tonto. A quién se le ocurre sacar a pasear los tanques, a estas alturas. ¿No te das cuenta que queda como muy antidemocrático? La gente se cree que estás a punto de montar otra guerra civil.
  —Hostia, y lo tuyo no es antidemocrático, ¿eh? Saltarse la ley así como así. La Constitución. Joder, Carles, que somos sentimientos y tenemos seres humanos.
   —Estás anticuado, Mariano. Ni sentimientos ni leches. Ahora hasta parezco un líder libertario, como el Che, ¿sabes? Como Gandhi. Me apoya hasta el rojo de Pablo, imagínate. 

  Mariano Chuches se echó a reír, al otro lado del teléfono. Él y Carles fueron buenos amigos, en su momento. Tenían negocios en común con distintas empresas de construcción. Intercambiaban información acerca de cómo desviar fondos a cuentas bancarias internacionales y entidades offshore sin llamar demasiado la atención. Se entendían bien. Una vez viajaron juntos a las islas tropicales. Y Carles siempre mantuvo a raya sus desvaríos sexuales. Hasta que se entrometió ese otro hijoputa zoofílico del partido de la izquierda, ese Pablo Yes We Can.

   Pablo estaba obsesionado con llegar a la presidencia. Y pensaba que apoyando a Carles Sheepdaimon conseguiría debilitar al partido de la derecha. Además, en su programa había incorporado la propuesta de una consulta vinculante y con garantías sobre el sexo con ovejas. Oficialmente, Pablo Yes We Can se declaraba contrario a esas prácticas tan aberrantes, pero aún así mantenía la idea del derecho a decidir. Mariano Chuches sospechaba que, en el fondo, lo que pasaba era que a ese cabronazo rojo también le iba el tema de los rumiantes.

   — No sé, Carles, un vaso es un vaso y un plato es un plato — reflexionó, al otro lado del teléfono —. Ese hijoputa quiere su parte del pastel, como todos.
   — A mí me la trae floja, señor Chuches. Yo sólo que dentro de unas horas voy a estar clavándosela a una oveja en la plaza Catalunya. Deberías irte haciendo a la idea.
   — Una cosa te voy a decir, amigo mío. Cuanto peor, mejor para todos, y cuanto peor para todos, mejor.
   — Ya, ya
   — Mejor para usted, el suyo. Beneficio político. Me gustan los ovejistas porque hacen cosas…
   — Bueno, Mariano, te dejo — Carles Sheepdeimon no aguantaba cuando Mariano  Chuches se ponía en plan filosófico —. Luego te llamo, cuanto esté aprobado el asunto y tal. Tendremos que renegociar la dotación económica.
   —Carles, esto no es como el agua que cae del cielo, sin que se sepa exactamente por qué. La consulta no es cosa menor. Dicho de otra manera, es cosa mayor.  Por cierto, hablando de economía. Hay un grupo de inversión americano, que tiene empresas pantalla en las islas tropicales…

   Los dos políticos estuvieron hablando de negocios, y finalmente Carles colgó. En aquellos momentos se sentía aún de mejor humor. Si era verdad lo que le había estado contando Mariano, iban a sacar una buena suma con esos americanos. Pero no era el momento de pensar en negocios. Aquello podía esperar al día 2.  El líder de OvejaSexy se vistió con sus mejores galas y salió a la calle. Había cámaras por todas partes. Hizo unas declaraciones en clave reivindicativa.  Era un día muy importante para los pro-ovejistas, dijo, y para el mundo civilizado en general. El pueblo al fin podría expresar su voluntad democrática de fornicar con rumiantes. Ni siquiera el ejército podría detenerlos, por muchos colegios electorales que precintaran. Después se hizo algunas fotos y montó en el coche oficial. El movimiento de masas era imparable. La consulta no era cosa menor, pensó Sheepdaimon, sonriendo para sí. En otras palabras, era cosa mayor.