EL TRANSPORTE PUBLICO Y SU FAUNA

de Moribundo Insurgente



           Cambio de tercio y voy a dar rienda suelta a mi asocialidad. Os voy a contar una historia que me sucedió el otro día. Es un poco larga, si no quieres no la leas, no te pierdes gran cosa.

  Los que me conocen saben que no suelo usar el transporte público, suelo ir caminando a los sitios o en moto.

 ¿Por qué no uso el transporte público? Pues son varios los motivos, bien fundamentados, para no hacerlo, pero ¿sabes que? que no tengo ganas de recordarlo porque me pongo nervioso y me suben las pulsaciones y el médico me ha dicho que me estreso con facilidad !y que me calme, ostia puta!

   98 pulsaciones, bueno, continúo.

   El otro día no me quedó más remedio; el lugar al que tenía que ir estaba muy lejos como para ir andando, la bici no la cojo desde el verano del 63 y no estoy en forma, y la moto la tenía en el mecánico, así que muy a mi pesar, no me quedó más remedio que coger (no piensen mal los argentinos) el metro, ese invento que es el Infierno en la Tierra.
   Cuando llego al andén hay millones de personas esperando a la serpiente de metal. Una ligera brisa se convierte en un auténtico vendaval y no ha empezado a escucharse a lo lejos del túnel el ruido infernal del convoy, que la peña ya se levanta de los asientos para acercarse al borde a posicionarse en las mejores posiciones de la parrilla de salida para pillar sitio. Algunas ni se han sentado y han estado todo este tiempo en el borde, en la “pole position”. “Míralas, allí todas empujándose para ponerse las primeras, todas apretujadas”. Me dan ganas de ir y empujarlas a todas, que como están tan pegadas unas a otras si cae una caen todas. Agito la cabeza para quitarme esa visión de mi mente.

   Llega el convoy, se abren las puertas y se lanzan, como si fuese el último día de rebajas del Corte Inglés, a buscar un asiento libre, sin dejar bajar a las que se quieren apear en esa estación. Suena la señal acústica que indica que ya no debe subir nadie porque se cierran las puertas, pero da igual, la gente que va siempre tarde a todos lados corre para lograr subir por los pelos (o por cojones), empujando a las de dentro. Se cierran las puertas y siempre le pillan a alguien. “Me cago en Dios, yo quitaba las gomas de las puertas y ponía cuchillas de acero-vanadio afiladas al láser, a ver si seguían subiendo empujando a los borregos de dentro" (entre los que me incluyo).
   Me quedo de pie, porque cuatro marujas se han sacado los ojos por un asiento, “Esa no es mi lucha, hermano”. Miro para otro lado y veo a una pobre señora mayor con una muleta mirando a un imbécil de 18 años con su peinado de mierda a la moda y su ropa “cagada” escuchando su mierda de música por su mierda de móvil. La señora es prudente y no dice nada “En estas situaciones tendría que salir una estaca del asiento hasta el techo y empalar al maleducado de turno, como hacía Vlad Tepes con los turcos”. Me acerco como puedo al despojo humano.

    - Nene, saca el culo del asiento reservado para esta señora.

 Debe ver la locura de mis ojos inyectados en sangre porque se levanta sin rechistar. La señora me da las gracias mil veces, “No me las de señora, si lo que yo quería era que se resistiera para reventarle la cabeza”.
   Y sigue subiendo gente, “Me cago en tó, si ya no cabe más peña aquí”. Da igual, la gente sigue subiendo y se acentúan los empujones, vamos como sardinas en lata, si te dejas caer no te caes, la gente no te lo permite de lo pegados que estamos. Yo me estoy asando de calor y hasta me estoy mareando y todo de la peste que hacen los sobacos de ciertas mangurrinas, así que “para tus pestes las mías”, y pongo en práctica mis armas de destrucción masiva. He comido queso antes de coger el metro. Me sienta un poco mal, lo que me produce ciertos gases que apestan. No lo dudo ni un minuto y me abro como nunca antes me había abierto. Empiezan las toses y de inmediato se hace un espacio a mi alrededor, “Joder, que asco, hasta a mi me lloran los ojos. Que bien, que tranquilo voy ahora. Anda mira, entre unas cosas y otras la siguiente es mi parada”.

   Me bajo del tren jurando y perjurando que “Nunca mais” y me siento a esperar que toda la gentuza (ya no hago distinciones) se pire para irme yo después tranquilamente, cuando entro en un estado de hipnosis. De repente me veo llevando el convoy y entonces decido poner fin a tanto sufrimiento. Aumento la velocidad y no paro en la siguiente parada, ni en la otra, ni en la otra. En la siguiente parada que se ve al fondo del túnel está el otro convoy parado...”. Acelero al máximo que me permite la máquina y arrollo al otro metro. Todas muertas, no se ha salvado ni el apuntador, “Más de 1500 personas han muerto por un choque entre dos trenes y el posterior incendio en la estación. Se desconocen las causas...”, dirán en las noticias.
   Despierto de mi embobamiento. Ya se ha ido todo el mundo y el anden vuelve a llenarse por segundos, salgo de aquí antes de que se llene de nuevo.

    Mierda, prometí no recordar el porqué no me gusta el transporte público. Pulsaciones: 126, llamen a una ambuláncia.