Me gusta conocer gente nueva

de J.C, Ibarz


   «Me gusta conocer gente nueva». Esta frase hace tanto que ya no la oigo…

   Esa frase era la típica respuesta que daba el ciudadano medio en plena era posmoderna, cuando le preguntaban qué era lo que te gustaba hacer en su tiempo libre. Entre sus aficiones, se entiende. «Estar con mi familia, salir con amigos, practicar algún deporte y conocer gente nueva». Y sí, antes había que preguntarlo, porque la gente no tenía perfiles virtuales donde se definían en 150 caracteres y la propia privacidad era algo que uno respetaba, antes de andar con la exhibición panóptica. Antes… Antes.

   Pero ya no. Las redes sociales mataron la exploración social sobre el terreno y ahora se asegura la presa antes de pasar al plano físico. Los chavales lo saben. Esos nativos digitales cabrones y avispados que le «tiran la caña» a todo lo que se mueve, muestran sus intenciones de socializar al objetivo desde la seguridad que les proporciona la distancia, haciéndose notar con likes, corazones y otras interactuaciones virtuales. El postureo líquido es la nueva convención social. Dejar que fluyan las relaciones con los contactos y que todos hagamos el amor en el arcoíris pixelado. Hablo más allá del Tinder o el Badoo. Cositas esporádicas y sin compromiso, que mantiene el orden natural de las hormonas y de paso impide que los malfollados dominen la escena.

   Peeeero… existe la otra cara de la moneda. No podía ser todo tan bonito. Me refiero a los que se dejaron arrastrar por la hipersocialización y se metieron en la trampa ellos solitos. Y ocurrió lo impensable: la peña comenzó a actuar en su vida real como lo hacía en su entorno virtual. Y claro, cuando se quisieron dar cuenta, no podía bloquear, ni desagregar en mitad de una conversación, convirtiendo a millones de personas en torpes sociales. Hombres y mujeres (y otros géneros, por supuesto) que no sabía disociar un entramado de otro y se creó una nueva contradicción, de esas tan jodidas que conlleva un avance tecnológico.

   Entonces comenzaron a usar esa expresión: "gente tóxica", utilizada por algunos gurús de la psicofelicidad y crecimiento personal para follaunicornios. Pues una de dos: o aprenden a gestionar sus mierdas y demonios para vivir con el común de los mortales o puede que las personas "tóxicas" sean ellos mismos (y se convertirán en aquello que juraron destruir), que al ser tan inútiles para la convivencia (tampoco se les pide que socialicen, solo convivir), se creen que son unos genios incomprendidos y especiales, con algún desorden que solo tienen los más inteligentes porque se lo ha dicho un test de una web de pseudointelectuales. Algunos se creen tan únicos, que se empeñan en vivir en su mundillo confortable y diseñado a su medida de complacientes y aduladores, donde nadie opina de distinta forma, ni le llevan la contraria y como no saben escuchar a otros, su propia incapacidad por comprender y empatizar, les hace frustrarse y ver "gente tóxica" por todas partes.

   También creo que no son del todo culpables de su situación (¡Me cago en los algoritmos de Markitos!), pero eso es otro tema que prefiero dejar para un día de furia.