LA SEÑORA DE LA FERIA DEL LIBRO (PARTE 2)

de Lucas Albor


   Éramos unos ocho o nueve escritores, todos sentados detrás de un stand, exponiendo nuestras obras maestras mientras la gente pasaba sin hacernos mucho caso. La mayoría habían autopublicado o habían sido estafados por una editorial pirata, pero todos nos sentíamos razonablemente orgullosos de nosotros mismos. Unos más que otros, claro. Miré a Diego Valente y le dije en voz baja que estábamos jugando en las ligas menores, pasándole una yonkilata por debajo del mostrador.


   Se trataba de una firma en un pueblo del extrarradio. Nadie nos había anunciado, casi nadie sabía quienes éramos, hacía bastante calor, estábamos de resaca. Los dos pensábamos que éramos mejores que cualquier autor de los que había por allí, y en general, mejores que cualquier escritor de nuestra generación. Así que bebíamos y bromeábamos y los demás intentaban vender sus libros y la gente seguía pasando por allí.  Entonces ocurrió. Volvió a pasar, como esa pesadilla que se repite una noche tras otra.

   La señora de la feria del libro.
   La eterna verdulera de la literatura.
   La comercial de Jazztel reconvertida a escritora.
   La reina del marketing.
   Etcétera.

   Parecía una persona normal y corriente. Estaba ahí, sentada detrás de un librito de poemas, entre un tío que había autopublicado el primer tomo de una saga de rol y otro que había escrito una novela histórica. Fue todo muy rápido. Apareció un tipo. Me dijo que llevaba buscándome mucho tiempo, que quería comprar mi libro. Ella seguía agazapada tras su poemario, disimulando, acechando como un animal de rapiña, escuchándolo todo. El tío era amigo de José Cobejuelo y tenía curiosidad. Le pregunté si lo quería firmado. Él le sacó una foto a la portada, para mandársela a José. Todo parecía normal. Saqué un bolígrafo y comencé a anotar la fecha. Entonces ocurrió. Se escuchó una especie de alarido, un grito salido del inframundo, una voz gutural que retumbó por toda la plaza:

   -¡CABALLERO¡

  Era ella, en pie detrás del mostrador, completamente transfigurada, sudando, hiperventilando, con los ojos a puntos de salírsele de las cuencas. Agitaba el poemario por encima de su cabeza, como si fuese un cáliz sagrado o un trofeo deportivo.

   -¡Caballero¡ ¿No querrá llevarse un libro de poemas para su mujer?

  Le di un trago a la cerveza. Todo es culpa de la sociedad de consumo, pensé. Miré un momento a Diego, que guardaba un respetuoso silencio junto a los ejemplares de su novela, adornados con una pegatina en honor al premio Eusebio de Bustarville. A quién cojones le importaba el Eusebio de Bustarville, las reseñas, la calidad de las obras, o que la portada de aquél poemario estuviera escrita con faltas de ortografía. La señora de la feria del libro estaba completamente fuera de sí:

   -¡CABALLERO¡ ¡UN LIBRO DE POEMAS PARA SU MUJER¡ ¡PARA SU MUJER¡ ¡PARA SU MUJER¡ ¡CABALLERO¡ ¡PARA SU MUJER¡

   Era una estrategia de marketing muy elaborada, asaltar al cliente a gritos y avergonzarle hasta que comprara el libro, con la vaga esperanza de que todo aquél esperpento terminara. Pero aquella vez no funcionó. El amigo de José se llevó mi libro y la señora se recompuso, volvió a sentarse, y soltó decepcionada su ejemplar, dejándolo en la mesa junto al resto. Al cabo de unos minutos había recuperado el tono habitual de la respiración y volvía a parecer una persona normal.

   El resto de la tarde pasó sin mayores disturbios. Nos bebimos un par de cervezas y vinieron unos amigos de Diego y trajeron más cerveza. Hicimos algunas fotos para el recuerdo. Vendimos algunos ejemplares. La directora de un colegio de la zona consiguió atraer a todos sus empleados y les colocó un buen montón de libros. Había un señor muy agradable, que estaba escribiendo una colección de cuentos infantiles. Hablamos un rato con él y nos hicimos otra foto. En algún momento, el chaval de la saga de rol se volvió loco diciendo que tenía un plan, que era el primer libro de seis y que tarde o temprano se haría rico. El de la novela histórica asentía. La verdulera del poemario asentía, comenzando a hiperventilar de nuevo. Todos asentían, pensando en hacerse ricos. Nosotros les mirábamos, sin entender muy bien de qué iba todo aquello. Le repetí a Diego lo de las ligas menores. Después nos levantamos, terminamos las cervezas, recogimos nuestras cosas y nos fuimos de allí.