A menudo la realidad tiene la enorme manía de bajarnos de las nubes

de Teresa Estévez


   A menudo la realidad tiene la enorme manía de bajarnos de las nubes. Lo común es que siempre esperamos que los demás cambien - en nuestro criterio personal, nosotros ya hacemos bien las cosas-, y olvidamos que los cambios siempre han de venir de adentro hacia fuera, nunca al revés.

   Ese es el único modo de fortalecernos espiritualmente, y cuando lo estamos, uno es capaz de emprender cualquier cosa. No olvidemos que la razón nos lleva siempre a la autoconservación. Y eso cierra muchas oportunidades de crecer y ampliar nuestros horizontes.
   Según un reciente estudio, el 47% de nuestro tiempo pensamos cosas que nos hacen infelices, no nos aceptamos y mendigamos permanentemente la aprobación de los demás. Curioso, ¿no? . Cada vez, las personas estamos más formadas e instruidas. Tenemos todo tipo de medios para llegar a la información y, a pesar de todo esto, somos inseguros y manipulables.
   Tenemos plena consciencia que hemos de cuidar nuestra imagen, nos apuntamos al gimnasio, corremos como locos por las calles después de nuestra jornada laboral porque es la moda del momento, hacemos dietas extremas porque llega el verano, incluso llegamos a la cirugía estética. Y a pesar de todo este tremendo esfuerzo para dar esa imagen que creemos que los demás esperan de nosotros, no nos aprobamos. Es cierto que lo importante es el contenido, pero necesario el continente también, y además en este orden, nunca a la inversa, por equilibrio emocional. 

   Está claro que nuestra cultura dedica toda su atención a metas externas. Ni la escuela ni la mayor parte de las familias ponen énfasis en el interior; la emoción, los sentimientos, los valores, la aceptación, la tolerancia al fracaso, ¡justo lo imprescindible!. 
   Somos débiles emocionalmente. Desde pequeños recibimos permanentemente el mensaje de que ‘si eres bueno, trabajador y obediente, sin cuestionar las reglas, vas a ser, sino muy... lo necesariamente feliz. Nos pasamos la vida oyendo máximas como: Las malas personas siempre tienen su castigo. Si eres bueno y trabajador, la vida te recompensará. Los ricos son tremendamente infelices. Todo esto no es verdad, hay buenas personas que ya viven un infierno, también buenas y trabajadoras que no tienen suerte, y ricos que son infelices y pobres también.

   Lo que quiero decir con esto es que no hemos de esperar que las cosas sean de sentido común, que hasta el sentido común es relativo. Tengo la sensación que nos obligan a ser felices. Y uno debe intentarlo por convicción, no por obligación. Y, sobre todo, por criterio personal, no por estereotipos marcados por otros, en los que casi siempre hay un interés detrás. 
   No hay un standard y única fórmula, para ser feliz. Cada cual tiene unas necesidades a cubrir y eso no es mejor ni peor. Hemos de estar preparados para las adversidades, que vendrán en diferentes momentos de nuestra vida, seguro. Lo que va hacer que las afrontemos de manera diferente, y no como los únicos que sufrimos en este mundo, es nuestra actitud y capacidad de resolución emocional, la que nos proporcionará el equilibrio para minimizar esos daños colaterales que tanta huella dejan en nuestro caminar por la vida. ¡Eso si nos hará más fuertes!.

   Deberíamos trabajar mucho más, para ser personas resilientes. Como bien sabéis, es la capacidad de sobreponerse a situaciones límite y salir reforzados. La resilencia no es innata, aunque hay personas con más predisposición, lo cual quiere decir que todos podemos serlo en más o menos grado. Es cuestión de trabajarlo, cambiando costumbres, hábitos y creencias. ¡Es decir desaprendiendo!. Decía Séneca: A los que corren en un laberinto, su misma velocidad los confunde.