Latas llenas de personas inaguantables

de Manuel Gris

    La historia de la humanidad está llena de personas que, con sus actos o inventos o palabras, solo buscaban que sus semejantes se eliminaran los unos a los otros. 

   Podríamos empezar por el que inventó el matrimonio allá por el pleistoceno, la que dijo por primera vez que le dolía la cabeza para no follar, el creador de los videojuegos en línea, aquel mamón que creyó que las películas románticas iban a unir a la parejas y, por descontado, los dictadores de ambas ideologías, los racistas, los extremistas religiosos, y por último y no por menor importancia sino para ponerle un punto final a esta infinita lista, los que creyeron que trabajar iba a dignificar a alguien.
   Pero si hay uno que merece estar ardiendo en el infierno mientras un nigeriano con una polla que ya la quisiera para sí el Negro del Wassapp lo empala susurrándole tu abuelita gritaba menos esta mañana, ese, ese es el inventor del transporte público.

   No creo que de una mente sana o que ama a sus semejantes pueda surgir la idea de crear un lugar hermético y en movimiento, donde sí o sí el contacto físico existe, y encima creer que va a ser bueno para todos. Es algo imposible. Algo cuyo creador merecía una habitación acolchada como pago, y quizá una leve paliza fuera de las cámaras. Juntar a la raza humana, obligarla a interrelacionarse, debería estar prohibido bajo guillotina o visualización eterna de episodios de The Librarians, porque es de cajón que no estamos hechos para compartir espacio y conversaciones o preguntas y respuestas.
   Es algo que nos supera y que hace que seamos verdaderamente nosotros y nos comportemos del modo en que deseamos interiormente ser: unos grandísimos hijos de la grandisima puta. Y no hablo solo del que te empuja para entrar en el metro, ni de la señora mayor que te hace una zancadilla con su bastón cuando subes al autobús para que no le “robes” el asiento, ni tampoco estoy apuntando con más intensidad a los niños desatendidos que se dedican a transitar como si aquello fuera su casa y tu uno de sus juguetes a los que hay que tratar como si fueran mierda. No solo hablo de ellos, porque también están a los que te preguntan algo, no sabes la respuesta, y casi te escupen en la cara por no ayudarles, o a los que ayudas y se van sin decirte ni gracias o mirarte siquiera a los ojos, y por descontado toda esa mafia de mendigos que piden dinero para sus hijos mientras caminan tratando de no tropezar con sus enormes barrigas que, digo yo, estarán llenas de amor hacia sus familias, o aquellos otros que te enseñan fotos de sus hijos como demostración de su sufrimiento… que se parecen mucho a los mismos que te enseñó la semana pasada otro sufrido padre/madre.

   Pero los peores, o al menos ahora mismo, sentado en el tren de camino a casa, sufriéndolo, es ese espécimen al que llamaré Altavoz Humano. Esta sub-raza de gente se dedica a utilizar el transporte público como despacho particular. Son muy fáciles de identificar porque no importa donde estés sentado, da igual lo lejos que estés de él/ella, los vas a escuchar quieras o no y vas a tener que comerte con patatas y sin vaselina que suavice el tormento cualquier mierda que no puede esperar 30 minutos a ser explicada; tiene que contarlo ahora, en el tren, rodeado de gente, y a viva voz como si le estuviera hablando a través de un vaso atado a un hilo. No importa que a su lado estés tratando de dormir porque has madrugado, o que estés buscando la paz después de un día de mierda de trabajo, o tengas entre tus manos un libro o un bebé, ese pedazo de mamón, ese aborto con ojos y poco cerebro, gritará como una grupi chupapollas en un concierto de Justin Bieber (y con el mismo mapa cerebral).
   Entiendo que haya conversaciones importantes y que no puedas esperar a que haya mejor cobertura o no estés rodeado de personas a las que les importa tu vida menos que una reputamierda, pero para eso nacimos con la capacidad de hablar en voz baja, o algún genio que también odiaba a estas personas creó los mensajes de texto y los emails, para poder tener esas palabras de un modo en el que nadie más que tú las sufra. Que ninguno de los que te rodean tengan que soportarla.
   En momentos como este envidio a los americanos, porque ellos pueden llevar armas de fuego encima sin problemas y, si todo el mundo dice lo mismo, cualquier crimen puede ser camuflado bajo un atentado terrorista. Le miro, con toda la rabia que tengo en mi interior, y noto como sus ojos se abren al tiempo que se centra en mis pupilas rodeadas de venas rojas tan rabiosas que incluso palpitan al ritmo de mi corazón… y se calla y cuelga y guarda el móvil. 

   Doy gracias al dios que ese momento en esté mirando, porque de haber seguido no se qué habría…… suena una canción de Mario Vaquerizo y vuelve a descolgarlo…

Sí me disculpáis… nos vemos en la cárcel…