Enfermedad también era Él

de Martius Coronado




    La primera impresión adolece de raciocinio y se nutre de esa intuición impagable que guiaba a los primeros hombres a seguir su pensamiento mágico. Hoy siento que no siempre supe interpretarla como merecía. 

Admito que no pocas veces me guié por ella, pero en otras la desvalijé con razones prácticas y afectivas, que al fin y a la postre me probaron que desoírla iba a costarme un duro coste. Precio que me reportó en el trayecto recuerdos dulces y fantásticos momentos de los que no me arrepiento, pero cuya reciprocidad resultó ser en muchas ocasiones tan falsa, como la contraparte a la que le brindé una amistad, por mi parte, en todo momento sincera.

   El caso que vengo a referirles, ejemplifica la ceguera a la que el cariño y el querer puede abocarnos, a pesar de las muchas señales que sobre la verdadera personalidad de un amigo tengamos. Pero sobre todo, cómo la irrupción de una terrible enfermedad puede transformar a una persona, haciendo que muestre lo mejor y lo peor de sí mismo. Desnudando, de alguna forma, aquello que realmente es, a los ojos de quienes desde hace tiempo creían conocerlo.
   Presenciar y discernir es una facultad que desde la indiferencia se ejecuta con maestría, pero que la cercanía afectiva amolda a su conveniencia, dejándonos ver y sacar conclusiones que indefectiblemente salvan a aquel o aquella que acapara nuestro innegociable cariño.
   La primera vez que lo vi, un amigo mexicano me lo señaló. Me dijo que había hablado unos días antes, en ese mismo bar con él, que era de Tarragona y que quizá el hecho de ser compatriotas, me haría querer conocerlo. Yo lo miré en la distancia e instantáneamente dije un no rotundo. Si estaba en México, quería conocer mexicanos y lo último que se me ocurriría sería buscar a un paisano, afirmé categórico. Era verdad, pero había algo más. La indefinible sensación de que ese muchacho me recordaba a otra persona. El físico y el género no podían ser más dispares, pero “la Chupasangres” como yo la llamaba, aquella exnovia de mi amigo Gomera, entrada en carnes y fresca en el descaro de buscar sólo el interés, me vino a la mente. La imagen no duró. Di media vuelta y mi amigo y yo seguimos con nuestra diversión, sin que lo volviera a ver en toda la noche. Pero el destino insistió.

   Cerca de seis meses más tarde, A apareció en mi casa, acababa de ligar con mi nuevo compañero de departamento, un vasco que como yo había llegado al DF por mediación de la Cooperación Internacional. La complicidad fue instantánea, y al sentirla supuse que aquella primera impresión había sido errónea. Hoy sé que ésta aparece para subrayarnos las esencias de las personas que el roce oculta, como recordatorio de que a pesar de su aviso, somos nosotros quienes tomamos la decisión. Claro que la decisión en esos momentos era del vasco, que le pagaba todo e incluso llevó de vacaciones a Yucatán, a ese jovencito músico que vivía con su hermana y que clamaba que una vez, cuando aún vivía en España, había sido rico, muy rico.
La luz existe en todos nosotros y cuando la propia se refleja en el otro, la química se expresa. No hacía falta más que una mirada, un ademán o un escueto comentario, para compartir inquietudes, ironías y confidencias. Nos hicimos imprescindibles y complementarios en esos meses, cargados de alegrías, fiestas y largas conversaciones. Y a pesar de mi vuelta a la madre patria, el contacto no se perdió, con cartas y llamadas telefónicas frecuentes. En mis diferentes etapas mexicanas, en cada uno de los reencuentros, pareció que la separación sólo había durado días y no meses o años. La complicidad se mantuvo intacta, o así me lo pareció, hasta que aquel al que yo consideraba como el hermano que nunca tuve, me hizo partícipe de su mala nueva.

   Su conocimiento precipitó mi vuelta. Habíamos planeado encontrarnos en Europa y la noticia de su enfermedad pareció cortar esa posibilidad, así que, con el miedo de que su estado de salud fuera más grave, tomé un avión y regresé al DF.
   Nunca me costó abandonarlo todo, ahora sé que fue una excusa que me ayudó a cerrar un ciclo, pero no por ello exenta de amor sincero. Sin más esperanza que una contrapartida de cariño recíproco, del que nunca dudé, y que esta vez sólo apareció a ramalazos. Extinguido por un egoísmo y un desdén que parecía culparme de su suerte, y que paulatinamente se transfiguró en indiferencia primero e inquina, después de que por un amigo común, yo consiguiera un trabajo en un periódico y nos fuéramos a vivir ambos con él. 

   Yo carecía de permiso de trabajo, y mientras lo consiguiera, A se ofreció a facilitarme sus “recibos de honorarios”, medio por el que podría haber cobrado mis colaboraciones semanales. Pero aunque supo que mi dinero se había agotado, no dudó en postergar y excusar su promesa durante dos meses, como si disfrutara de que fuera yo quien lo necesitara, hasta que por fin conseguí el favor por otros medios, sin que nunca cumpliera su promesa.
En esos meses la carambola de un amor desafortunado y mal correspondido, como aquel cuyo ciclo creí cerrar en Madrid, se me repitió y la actitud de A no se circunscribió a la distancia o a la indiferencia, sino a un dejar entrever su complacencia por mi dolor. Jenaro, el amigo periodista con el que vivíamos, fue un gran apoyo en mi desamor y nuestra complicidad creciente debió desencadenar algún tipo de maquiavélica venganza en A. Justo cuando estaba a punto de regresar a España por cuatro semanas, Jenaro tuvo una reacción desproporcionada e inesperada a resultas de la cual me vi impelido a buscar nuevo hogar, y a la vuelta de mi viaje, ya no tenía trabajo. Siempre pensé que Jenaro había sido el culpable, hoy no me cabe duda de quién fue el instigador en la sombra.
A pesar del tropiezo y de que me juré que nunca más debía saber de él, un año más tarde terminé por llamarlo. Su aparente alegría y el reencuentro consiguiente, me hizo olvidar el rencor y pensar que había sido el peso de aquella enfermedad maldita la causante, y que una vez superada la impresión y sobrellevada ésta, A volvía a ser el de siempre. Así lo sentí, o así quise creerlo.

   Como siempre desde que lo conocí, vivía en casa ajena, con el agravante de carecer de las clases particulares de música que solían ser su ingreso, aunque afirmaba que tendría algo en breve. Yo estaba buscando apartamento, y no pude evitar ofrecerle que viviéramos juntos, que intentáramos retomar aquella hermandad. Comprendía que no tuviera dinero, pero mis últimos meses habían sido buenos, y yo le ofrecía compartir el pequeño colchón económico que había reunido hasta que él comenzara a ganar dinero. Terminó devolviéndome y pagando toda su parte de la renta en los meses que compartimos vida, pero en el momento que tuvo dinero le dolió compartirlo. Los detalles de ese algo en breve resultaron encarnarse en un Director de Festival internacional de Teatro con los mejores contactos a nivel político y profesional que, para su suerte se había encaprichado de él, y A de su dinero.
   Indefectiblemente terminamos la convivencia mal, no sólo por su convicción de que lo mío era de ambos y lo suyo sólo suyo, sino porque ésta vez se aseguró de mantenerme alejado de su Director de Festival y de otros artistas y contactos que fueron apareciendo por el camino, como si yo fuera una amenaza que pudiera robarle la preponderancia.
   Los pormenores y la retahíla de pequeñas iniquidades serían interminables de contar, sobre todo porque mi repaso, una vez en la distancia, fue encontrando hilos que habían pasado desapercibidos y que apuntaban a aquella misma esencia que la primera impresión había tratado de hacerme ver. Comprendí que su forma de actuar había sido siempre la misma, quizá con otros sólo, hasta que la enfermedad innombrable destruyó sus tapujos y acentuó su egoísmo, ese que le hacía sentirse víctima de la vida por dejar de ser rico y le otorgaba el derecho de utilizar su victimismo para que otros mantuvieran su vida, aunque fuera penosamente, puesto que él no estaba dispuesto a trabajar para vivir, a menos que fuera en una ocupación vinculada con el arte y con un gran sueldo, curiosamente un destino que nunca llegaba.

   Como no hay dos sin tres, en una corta visita a México lo vi de nuevo e hicimos las paces, incluso intermedié para que retomara la relación con un amigo común. A pesar de que me juré tomar precauciones y distancia, no pude evitar dejarle dinero un par de veces desde España y para no variar el guión, también en mi último desembarco en México. Entonces, seguía viviendo en casa ajena, entre su hermano y el amigo con el que lo había hecho reconciliarse. Incluso, le cedí mi casa para celebrar su cumpleaños, pero ésta vez sí mantuve cierto desapego, aunque creo que fue mi éxito con sus nuevas amistades lo que desató su último cartucho. Me tuve que enterar por un amigo común, infectado como él, de que me acusaba de ir informando sobre su secretísima enfermedad, aunque nunca supe qué les decía a aquellos de mí, que no tardaron en hacerme el vacío, y que no sabían nada de su enfermedad. Yo nunca aireé su condición y él sabía que no iba a hacerlo entonces, aunque fuese para descubrir la falsedad de mi supuesta traición. Sólo acerté a reclamarle los préstamos, por correo, y él a insultarme y a asegurar que le había chivado su condición a un antiguo amigo común, del cual curiosamente no decía el nombre.

   No he vuelto a saber de él, y espero que la situación así se mantenga. Doy por bien empleado aquel dinero que no recuperaré, aunque mi fe y mi cariño necesitaran tres desengaños y la desgracia para aceptar que aquella primera impresión no pudo ser más acertada. Como dice un proverbio árabe: “Gracias, ahora te conozco”.