Solo se crece si te asomas a la ventana de la forma de hacer de otros.

de Teresa Estévez



   Por naturaleza nos asusta tanto la soledad, que no somos conscientes de lo necesaria que es a la hora de construir nuestro mundo interior, rico e intenso, y para encontrar y mantener el propio equilibrio de las relaciones interpersonales. Aunque a veces nuestra soledad y nosotros no nos llevemos lo bien que debiéramos.


   La gente confunde el estar solo con el hecho de vivir solo. La vida está llena de gente que convive con mucha gente y tiene una soledad interior extrema.

   Vivir solo puede ser debido a la voluntad propia, a un hecho circunstancial, o la incapacidad de vivir con alguien, situaciones bien distintas. No olvidemos que la soledad sale de uno mismo como una especie de vacío espiritual que necesitamos llenar. No es un estado civil.

   Cuando las mujeres llegamos a la madurez sin pareja y con cierta plenitud, hemos de entender que el divorcio no es un fracaso, sino el final de un proyecto que no ha podido seguir adelante. Esta forma de ver los hechos hará que no entremos en el estereotipo de “las amargadas” que detestan y menosprecian a los hombres o, en todo caso, los utilizan. Al contrario, a nosotras nos siguen gustando los hombres, y nos encantaría volver a estar enamoradas y tener - o no - una pareja estable. Todo ello, sin convertirse en una obsesión, porque tenemos ciertas exigencias para con nosotras que nos obligan a perseguir una relación de más calidad, no por comparación ni por apariencia, sino por convicción.

   Y no estamos dispuestas a negociar a la baja.

 No cabe duda que mientras seguimos buscando nuestro príncipe (del color que sea), podemos disfrutar de una saludable vida sexual.

   La apuesta por una relación con un hombre más joven produce también una sensación reconfortante en algunas mujeres maduras, en las que me incluyo. Un hombre más joven aporta: frescura, energía nueva, otras perspectivas. Y desde el punto de vista desde la sexualidad, se puede producir una mayor compenetración ya que la sexualidad femenina no termina de desarrollarse plenamente hasta los treinta años, pero posteriormente no deja de aumentar mientras que en el caso de los hombres, pasada la adolescencia, se mantiene estable o disminuye con el tiempo. Puede resultar una relación muy gratificante siempre que no eches de menos cierta complicidad generacional. Los hombres jóvenes educados en otro momento, nos valoran y nos miman más que nuestros compañeros de generación. También las relaciones sexuales son más satisfactorias, porque nosotras conocemos mejor nuestro cuerpo y tenemos más experiencia, mientras que ellos tienen más energía. Los hombres que apuestan por mujeres maduras confiesan que les resultan menos conflictivas que las jóvenes, conocen mejor sus emociones, son más generosas, están menos pendientes de si mismas y la madurez les da un mayor equilibrio. La protagonista de la novela de Linda Jaivin, Júlia dice: los hombres jóvenes son maravillosos y cuentan con muchos puntos a favor. Son juguetones, dulces, siempre tienen tiempo libre para las cosas que les importan, poseen un gran sentido de la aventura y siempre se puede confiar en sus erecciones.

   Y como bien dice la escritora norteamericana Patty Putnicki “subimos el listón al mismo tiempo que descienden nuestras tetas”.