Ando entre dos mundos

de J.C. Ibarz





   Ando entre mundos futuros. Los que quiero y los que no quiero. Utopías y distopías. Algunos piensan que soy un agorero y cenizo que lo ve todo muy negro y para otros un idealista demasiado inocente e iluso. Todo el mundo anda en plena polarización, pero el polarizado soy yo. 


   Nadie es capaz de ponerse en el lugar de otro y eso hace que cada uno viva en su trinchera. Micromundos. La parcelita de mi verdad. Cada uno va con su realidad y que nadie se la discuta, ¡hombre ya! Las soluciones que las piense otro que para eso le pagamos entre todos y tiene estudios y va con traje y corbata, en plan respetable. Yo estoy a lo mío y bastante tengo.

   Eso es indiscutible. Cada uno tiene lo suyo. El problema aquí es que a cada uno le importa un carajo lo del otro, sus mierdas y su situación. Pero que bonito es ser un hijo puta desalmado y que bien viste la imagen del triunfo.

   La gente, la sociedad, los otros; ellos tienen la culpa, todos menos yo. Yo soy yo y mis circunstancias y las «circunstancias» son jodidas. No sé cuál es la solución, pero sé lo que hay y eso me basta para quejarme y poner mi verdad como un caso absoluto. Yo estoy más jodido que tú. No tengo ni puta idea de tu vida, pero lo mío es peor. Lo pongo en el «feis» y todos corroboran mi indignación. La posverdad es trending topic y por algo será, ¡panda de intolerantes fascistas! 

   Unos cobran más ayudas. Otros pagan menos de seguro. A ese le han dado una beca. El otro hizo un chanchullo con el gestor y paga la mitad. Las migajas siempre han estado bien cotizadas entre los bocazas. No han pasado hambre en su vida, no han tenido que irse de su casa porque se la han embargado, ni han tenido trabajos de mierda para pagar solo una factura más, antes de que no le corten la luz; pero todos han oído de alguien que recibe una subvención por no hacer nada. «Las «moras» venga a tener hijos y a cobrar y yo que soy de aquí, no me dan una mierda». No se han preocupado en su puta vida de la situación de su barrio o de su comunidad, pero saben quién se merece cobrar una subvención. 

   Nunca se han quejado por la precariedad laboral de su propio puesto de trabajo y cuando alguien se lo recrimina, se excusan en su edad, en sus hijos; en su situación complicada. «Es que tú lo ves muy fácil sin niños y sin cargas». Pero no engañan a nadie. Nunca lo han hecho. Ni siquiera cuando cobraban bien, con sus reducciones a medida de menos del 2%, sus pagas extras y su jornada de 35 horas semanales. ¿Para qué? Si por entonces nadie tenía conciencia de clase. Todos éramos felices clasemedianos con más de mil euros de sueldo. De hecho, el mileurista era alguien de quien compadecerse y hoy es un privilegiado. Y ahora que están cobrando una puta miseria de menos de quinientos euros por media jornada, echando nueve o diez horas que se las devolverán en días libres; claro… ya no está en posición de abrir la boca para reivindicar un derecho. Y todo el mundo se parte el culo en la oficina de personal cuando un operario habla de derechos, mientras el de recursos humanos le da palmaditas en la espalda y le invita a café para que al menos se lleve un poco de dignidad. 

   Donde el precariado llora de rabia, el cuñado ríe condescendiente. Una tragicomedia muy real. 

   Ahora bien. ¿Cómo mierdas vamos a plantearnos algo utópico, que no termine en una distopía, si lo que nos merecemos es un apocalipsis exterminador de civilizaciones de una vez por todas?

   Pero bueno… Seguiré con mi papel de agorero que os avisa de los peligros de la manipulación y la opresión, para acabar siendo el optimista que propone soluciones que nos acerque a la soñada utopía del futuro.