Polvo somos y en polvo nos convertiremos

de Iván Albarracín




   La vejez no deja de ser una infancia oxidada, un regreso a la inconsciencia sin esperanza de futuro. Mi último aliento, mi último latido, mi última mirada...No es el miedo a la muerte lo que nos quita el sueño. Es el miedo a la vida, a una vida de recuerdos, de instantes que jamás volverán, de personas a las que aún escuchamos reírse a nuestro lado, que se siguen enfadando con nosotros y con las que, en nuestra mente, aún seguimos follando como animales y compartiendo sábanas y orgasmos.
      No, no están. Ya no pueden abrazarnos porque se fueron sin poder despedirse.
   Esas personas (me niego a catalogarlas como gente porque son personas) a las que quisimos mucho y el cerebro se niega a eliminarlas porque han sido, son y serán parte de nuestra vida.
   Nos aterra la vejez porque no es más que la añoranza constante de algo que se marchó para no regresar jamás.
   Por esa razón, despreciamos la vejez, por miedo. La sociedad cree que si apartamos aquello que nos aterra, el terror desaparece. Las residencias y hospitales se han convertido en almacenes de olvido donde miles de personas que fueron tan jóvenes como lo fuiste tú, se pudren poco a poco entre recuerdos y caricias recibidas en años mejores.

   Quizás, solo quizás, no sea más que el miedo egoísta a qué no quede nadie que nos recuerde y la visión de los ancianos nos avisa de nuestro triste futuro. Sencillamente, nuestro paso por este mundo se reduce a polvo, simple polvo que respira, camina y sangra porque polvo somos y en polvo nos convertiremos…