Invisibles

de Juan Cabezuelo



   ¿Sabéis cómo va a empezar este texto? Sí, lo habéis adivinado, con uno de mis viajes en tren. Estoy sentado en uno de esos asientos que te hacen recordar a los artilugios de tortura de la Inquisición cada vez que pones el culo encima.
La verdad es que todo es bastante normal, como siempre, las universitarias suben alegres con sus carpetas entre las manos mientras entre risas se cuentan como les están yendo las prácticas y esas cosas, los currelas no levantan la mirada del suelo, las mamás acarrean con sus bestias rebeldes y mal criadas y los adolescentes ejercitan los pulgares golpeando las pantallas de sus móviles con ellos. En una de las paradas, un matrimonio (ni muy joven ni muy viejo) se sube y, cuando todo el mundo toma asiento (los que pueden) y el tren se pone en marcha, la mujer saca del bolso una piojosa pandereta (¿es correcto decir que una pandereta es “piojosa”? por que no tienen pelo y eso, lo digo) y su marido, novio, amante, compañero o lo que sea, saca una Melódica (que parece de juguete) del bolsillo interior de su abrigo y se ponen a tocar lo que se asemeja o debería ser un villancico. La verdad es que lo hacen bastante mal, no tienen ritmo, el dichoso aparato ese desafina como un gato torturado y la mujer golpea de forma seca y sin ganas la pandereta piojosa. La gente empieza a sentirse molesta, unos se ponen los auriculares y suben el volumen, otros resoplan fijando la mirada en el paisaje que corre al otro lado del cristal de la ventana y los más osados critican la actitud de esa pareja diciendo que "es una vergüenza que estén molestando así a la gente que quiere viajar tranquila en el tren", y lo hacen en voz bien fuerte, para que la pareja pueda escuchar su queja. A los pocos minutos, la mujer, sin dejar de golpear la pandereta, mira al suelo avergonzada mientras su marido sopla y sopla intentando que salga alguna melodía meramente decente del cacharro. Los observo con atención, no deben andar muy lejos de mi edad y se nota que no están acostumbrados a vivir esa clase de situación. La canción termina y la mujer pasa con la mano tendida por entre los asientos sin atreverse a mirar a nadie a la cara. Ninguna moneda cae sobre la palma de su mano, todo el mundo se gira a su paso y mira hacia otra parte, hunden las narices en sus móviles o libros, miran por las ventanas aunque, a parte de farolas pasando a gran velocidad y firmas de algún gilipollas que decidió que su nombre era lo suficientemente relevante para el mundo como para grabarlo en el cristal y que todo el mundo pueda leerlo, no haya nada más interesante que mirar (es curioso como con un simple acto de indiferencia, podemos conseguir que una persona se vuelva invisible). Por un momento la mirada del hombre se cruza con la mía, no puedo evitar acordarme de una vez que acabé sin trabajo ni derecho a subsidio y como las pasé putas y mis hijos las pasaron putas y comían gracias a la bondad de ciertas personas que cada mes me daban lo que podían y el banco amenazó con quitarme el piso y las deudas  crecían y se multiplicaban como cucarachas en una alcantarilla y también me volví invisible para muchas personas que decidieron que era mucho más cómodo para sus vidas ignorar nuestra situación que vivir sabiendo de nuestras calamidades, y por eso, odio a todo el mundo que está en el vagón en este preciso momento, porque somos tan gilipollas que hacemos donativos a ONGs de mierda que se acaban quedando el noventa y cinco por ciento de esos donativos para "motivos personales" (y creedme cuando os digo que sé de lo que hablo, hice la "prestación social" en las oficinas centrales de una ONG), nos llenamos de lazos de todos los colores según el día del año que sea o nos hinchamos a recoger tapones de botellas para algún niño inexistente enfermo de cáncer solo porque lo dicen en Facebook o algún famosillo a posado para un cartel, pero cuando tenemos delante a alguien que realmente lo necesita, lo único que sabemos hacer es mirar para otro lado y fingir que la vida es de color de rosa (y nos molesta que ellos la estén manchando de negro).

   Saco mi cartera y miro en su interior, no llevo un duro encima, así que la mano de la mujer se va de vacío también al pasar a mi lado, pero los miro, los miro porque un día yo también fui invisible y desde entonces decidí que, por mi parte, no habrá más personas invisibles en el mundo; y tú ¿hasta cuando vas a seguir girando la cabeza?