Cuando la convivencia te invita a comprar un arma de fuego

de Manuel Gris



   El otro día leí un chiste que me hizo mucha gracia. Decía algo así (no soy bueno explicándolos): hay dos tipos de personas, las que comen la tortilla de patatas con cebolla, y las que no tienen ni puta idea de la vida. 
   A mí me hizo gracia, sobre todo porque no me gusta la tortilla con cebolla. Fue como reírse de uno mismo, de mis defectos, y aceptar que alguien pueda decir algo así de mi persona. Porque hay que saber aceptarse y aceptar a los que nos rodean, estén o no a nuestro alrededor por elección propia.

   Pero tras una par de cosas que me han pasado en los últimos 15 días, me veo en la obligación de hacer un chiste yo: 
   Hay dos tipos de vecinos en la vida, aquellos que saben convivir y se relacionan y entienden el motivo de lo que pasa a su alrededor, le guste o no, y aquellos que viven debajo de mi casa y prefieren amenazarte con llamar a la policía y dejar basura en mi felpudo antes que subir y hablar como personas.
Sé que no hace gracia. Creedme cuando digo que lo sé.
   Hay personas que están empeñadas ya no solo en que se las vea amargadas o infelices, sino que hacen todo lo posible para que los demás sepamos que sus vidas valen menos que un vomito después de comer 2 durums. Puede que menos aún. Son, seguro que conocéis alguna, personas que van por la calle curvadas porque la mochila de su cordura ha sido sustituida por una llena de actos estúpidos y sin sentido que buscan solamente el mal estar con todo el que pase a su lado con una sonrisa en la cara o ajeno a todo lo que esa persona ha sufrido en la vida. Y entonces actúan. Y empieza el juego del tira y afloja.
Ahora empezaré a nombrar situaciones que he vivido de verdad, así podremos empezar a sacar conclusiones.
   Para poneros en situación tengo que dar un detalle: los vecinos de abajo son alquilados, una pareja de al menos 40 y muchos años, y, seguramente, no tienen papeles. Y con esto no estoy generalizando ni diciendo que todas las personas en su situación sean una mierda (no juguemos a eso, seamos inteligentes), porque sería lo mismo que decir que a todos los que les gusta el futbol son una descerebrados, que los que dicen que son español son fachas, o que aquellos que fuman lo hacen porque ansían con todas sus fuerzas tener un cáncer. Es un detalle que hay que tener en cuenta solo para que tenga otra dimensión mi relato. ¿Sí?, ¿seguimos siendo amigos? Vale, pues estos vecinos son de los que suben a tu casa a las 11 de la noche de un martes dando golpes en la puerta pidiendo, de malas maneras, que dejemos de andar con tacones por la casa (ese día les abrimos en pijama, pues llevábamos una hora durmiendo, además de que nadie usa tacones en casa), o te dejan cabezas de maniquís o biberones llenos de ¿leche? encima de un plato de Mickey Mouse. Son los que se suben al ascensor y ni te dicen hola ni buenos días, supongo que porque la educación fue algo que en su casa sustituyeron por un cinturón y muchos gritos, y al día siguiente, al pasar al lado de la parada de autobús, se te acercan y te dicen que ellos tienen derecho a dormir y que, la próxima vez, llamaran a la policía, cosa que nunca hacen porque, de ahí el motivo de mi apunto de antes, si lo hiciesen tendrían que dar su documentación y, vaya vaya, no la tienen en regla. También son los que dejan que su perro se haga pis en el ascensor y no lo friegan, los que te preguntan a qué piso vas cuando no les queda más remedio que compartir ascensor contigo (el ascensor de mi casa debería tener una cámara, porque la humanidad se está perdiendo grandes momentos), o que un día te saludan por la calle y al otro chocan contigo intencionadamente… vamos, unos soletes de personas que solo tienen algo bueno: al ser más mayores que yo, solo tengo que cuidarme lo suficiente como para sobrevivir a ellos y así, sueño con ese día, poder ir a su funeral en tacones y con mi perrete para escupir en el suelo de la capilla o caga en el lavabo para que mi hedor invada su cadáver por toda la eternidad.
   No es rencor, no es odio, es solamente que si alguien es borde conmigo, pasaré de él porque tengo mejores cosas que hacer. Si alguien me hace la zancadilla, saltaré y después de mirarle con desaprobación y ansia asesina preferiré volver a ignorarlo a él y a su forma de ser más parecida a la de los simios que a una persona. Pero si ya me vienes una tercera vez y pones en tu punto de mira a mi pareja y a mi perro… bueno… digamos que puedo ser esa tortilla de patatas sin cebolla a la que le da igual lo que digan los demás y existe solo porque quiere, y hace lo que quiere, y pasa de lo que los demás digan y de las reglas con tal de poner en su sitio a todo aquel que este empeñado en joderme la vida. Porque hay algo que estas personas no entiende, y es que a su juego podemos jugar todos, y que a cabrón hay pocas personas en este planeta de monos que puedan superarme. 
   Hay muchas maneras de vivir, pero hay algo que siempre hay que tener en cuenta en mayor o menor medida: no estamos solos. Porque vivir sin que nada te importe está bien, así como no tener en cuenta nuestro entorno, pero este no va a ser un muro inerte que se va a dejar mear encima. Puede ser a veces el peor de nuestros enemigos si no sabemos coexistir juntos. 
   No hay que olvidar algo muy importante: ellos, siempre, son más. Y que por muy listos que nos creamos, por mucho que pensemos que tenemos la sartén por el mango, siempre puedes llevarte un batazo en la cabeza en alguna calle estrecha y poco transitada donde te desangrarás sin que nadie sepa siquiera lo que está pasando.
   A eso se le llama vida, y por mucho que nos empeñemos en cambiarla la mejor manera de pasear por ella es, simple y llanamente, respetándonos mutuamente.
   Y sonreír, que como dijo Mafalda, Comienza tu día con una sonrisa, y verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo.