Los hijos siempre son deberes

de Teresa Estévez




  A menudo los hijos no son lo que nosotros queremos que sean. En nuestro afán de protegerlos, nos volvemos tremendamente egoístas. Emprendemos una batalla desesperada contra el tiempo y olvidamos que han de caminar solos porque, si hemos hecho medianamente bien nuestro trabajo como padres, ya tendrán las herramientas indispensables para caer y levantarse las veces que sean necesarias, y aprender de sus  propias experiencias.
   Eso sí, aun habiendo dado ese paso a un lado, para que construyan sus propias vidas, hemos de estar siempre alerta para reconfortar y apoyar, aportándoles esa seguridad que tanto van a necesitar en momentos de flaqueza.
   Debemos saber transmitirles que es imposible vivir sin confundirse. Estoy convencida de que sobre ellos siempre planea un enorme temor a defraudarnos. 
Habitualmente, los progenitores -especialmente las Madres-  tendemos más a traspasarles nuestros miedos y nuestras frustraciones personales, y eso jamás de los jamases aporta nada positivo. En todo caso, vamos a inyectarles una buena dosis de inseguridades, a pesar de partir del enorme deseo de protegerlos del mundo. Casi siempre tenemos la tendencia a pensar que los hijos son de nuestra propiedad, que es pertenencia en exclusividad. ¡Error! Hasta que no tomemos consciencia de que eso no es así, tendremos bastantes conflictos emocionales. Un hijo ha de ser el AMOR más desinteresado del mundo, para cimentar correctamente sus emociones.
   Para empezar, el punto de partida de la relación debería ser la prolongación del amor que compartes con tu pareja, ese deseo de continuidad construyendo un proyecto emocional en común. A partir de ahí, todo será dedicación y sacrificio a cambio de nada, sin exigencias emocionales por nuestra parte. Lo contrario se convierte en una relación enfermiza entre padres e hijos. Este planteamiento debe seguir siendo así, aunque cambie la estructura familiar. Un hijo siempre son deberes. Y ellos jamás han de percibir la sensación de no tener una familia.....eso es lo más cruel que podemos hacerles, los adultos.
   Nuestra función desde que nacen es cubrir sus necesidades materiales y protegerles siempre con un enorme manto de afecto y amor incondicional en todas las etapas de su vida. Y esto no hay que dosificarlo nunca, ni siquiera cuando tropiecen o tomen el camino equivocado. Un niño, al igual que un adulto – pero, en este caso con más motivo, porque se está formando - necesita que le digan que lo quieren y que se lo demuestren con coherencia, sin que tenga que imaginárselo. Has de hacerle saber que siempre puede contar contigo. 
   Tener bien cubierta la parte afectiva va a propiciar que sea menos débil, porque eso le aportará seguridad y reforzará su carácter al tiempo que no le será indispensable la aprobación del grupo para sociabilizarse. Tendrá criterio propio y, probablemente, será más respetado. Eso reduce bastante las posibilidades de fracaso en su formación como individuo. Esta actitud para nada significa que hayamos de ser permisivos y condescendientes, ni mucho menos sobreprotectores. Las normas y el respeto no son negociables, porque sino construimos auténticos tiranos.
Ser padres no es solo una cuestión biológica, hay que ganárselo.