La Civilizada Pasión por el Asesinato: La novela negra

de Martius Coronado




   La civilización occidental vive fascinada por toda historia que se desencadene o se hilvane alrededor del asesinato. El morbo y el chisme son condimentos irresistibles para todos aquellos habitantes de la aburrida cotidianidad, pero es quizá la frontera del pecado y la encarnación del mal, que el hecho simboliza, la que decanta la unanimidad de todas las miradas.
  Llámese consternación, llámese justicia, llámese drama o llámese intriga por desentrañar las circunstancias, el proceso y los motivos que llevan a un semejante a cruzar esa línea sin retorno, sin restitución y sin castigo equiparable, a no ser que se quiera caer en el mismo pecado. Sólo el Hacedor puede sancionar con propiedad a aquel que emula una de las facetas de su providencia.
  Y sin embargo no es sólo morbo y horror todo lo que reluce. Engarzado al gusanillo curioso del misterio, se descifra parte de la naturaleza humana. Esa que sueña para sí un destino menos mundano, más heroico y lleno de un sentido útil y trascendente de la propia existencia. Para que el fin y el postre social le reconozca una valor del que en la mayoría de su deambular, el ser humano siente carecer. Porque no es el asesino quien más nos hechiza, sino aquel que lucha por desenmascararlo y que embarcado en una suerte de viaje iniciático, no duda en poner en riesgo su vida con tal de hacer prevalecer la justicia.
  Su simbolismo cargado de reflejos y de identificaciones, explica la notoriedad de la Novela Negra desde el siglo pasado con Dashiell Hammett, Raymond Chadler, Chester Himes, Patricia Highsmith, James M. Cain, James Hadley Chase, Paul Auster, Vázquez Montalbán o Boris Vian, como algunos de los muchos y grandes escritores que definieron el género e indagaron en sus posibilidades narrativas. El género negro aumentó su alcance en la gran pantalla y creó el modelo en el que tantas series televisivas y películas de ciencia ficción se nutrieron en el pasado y siguen haciéndolo aún en el presente. Incluso me atrevería a afirmar que el auge del género épico y fantástico, tanto literario como cinematográfico, que se vive en la actualidad, le debe su popularidad a la lírica detectivesca que tantas veces fue denigrada como literatura B, no tanto quizá por las formas, sino por el subtexto identificativo y liberador de una realidad demasiado gris.
  Una de las claves de la Novela Negra es que sus protagonistas no atienden al prototipo del héroe clásico, que inmaculado en sus acciones y firme creyente de su destino, siempre recibe la recompensa del encumbramiento social. El detective, ya sea por profesión o circunstancia, suele estar personificado por un mero superviviente, más cercano a la figura del fracasado o el derrotado social, cuyo cinismo, escepticismo y amargura lúcida sabe diseccionar la doble moral, la corrupción y la desigualdad de una sociedad, que en muchos casos no es la mano ejecutora, pero si la culpable de los asesinatos a los que el investigador se ve impelido, más allá del dinero e incluso a veces del amor, a resolver y denunciar. A veces siendo incluso partícipe del mal, siguiendo una pasión y una coherencia que ya no puede abandonar.
La simpatía primera, y la identificación consecuente, son los primeros pasos que enganchan al lector, porque el deambular de la existencia nos iguala en su sinsabor, que tantas veces hemos sufrido en soledad, sumando esquirlas y desencantos a ese descubrir perpetuo de que la vida no es tal y como creímos y nos dijeron que era.
  Pero es su determinación y fuerza lo que más nos deleita y envidiamos. Porque aunque está inmerso en esa bruma aturdidora del vivir, encuentra un sentido y un destino al que apegarse y por el que luchar. Deslindando con precisión quirúrgica los desdibujados bandos entre el bien y el mal, y hallándose gustoso en un camino del que no hay vuelta atrás, para adquirir una fuerza moral, que por el mero hecho de andarlo le otorga unidad, fin y sentido a su vida. Sorprendido a veces, de que su aparente y pragmático egoísmo, ceda el paso y sea capaz de sacrificar su seguridad, su dinero, su vida y hasta un amor interesado y arrebatador, en aras de una ética sin dobleces. El premio no importa, porque el hecho no lo aleja del fracaso, aunque éste sea un amor verdadero o el pago de unos buenos honorarios. La verdadera recompensa es la certidumbre de que la aventura ha sido una especie de prueba iniciática, guiada por su cabezonería en demostrarse que simplemente ha hecho lo que debía hacerse.
  La intriga es más la excusa y el medio que la esencia. Porque la magia que en realidad nos atrapa, aunque no seamos conscientes de ella, es el feliz hallazgo para los personajes de la aventura y de un sentido a sus vidas, asumido sin reproches, aunque éste sea muchas veces trágico. Nuestros sueños se engarzan y nuestra identificación suspira por tener semejante suerte, no quizá en los mismos términos, pero sí en la fuerza y la voluntad que los guía y de la que tanto carecemos. La vida mundana escasea en su complejidad de la aventura, la intensidad y la inercia de saberse en un trayecto escrito por y para nosotros.   Las más de las veces dudamos de la senda elegida, y la continua marea de tiempo vacío y sin propósito, nos paraliza y hace de nosotros presa fácil de una monotonía que nos asfixia y que ningunea nuestra fe en lo más esencial, nosotros mismos.
  La literatura siempre habla del hombre, no importa el contexto, el disfraz o la fantasía con la que se arrope la historia, porque no se puede hablar de lo que no se es y se desconoce. Phillipe Marlowe, Sherlock Holmes, Hercules Poirot o Pepe Carvalho no son más que hijos de su época, pero no debemos olvidar que no representan más que variantes, para la literatura occidental, del símbolo que inauguró Homero con su Ulises. La vida como viaje y la lucha del hombre frente a las dificultades para encontrar su hogar, sobre el que sueña y del que ya olvidó su camino de regreso. Pero que una vez hallado, no tarda en reconocerlo, aunque no ocurra lo mismo con él, y deba una vez más mostrar que es digno de ocupar el lugar que reclama.

  Esa es la gran cuestión que también nos puede enseñar la literatura, en lugar de rendirse y dejarse llevar por las azarosas triquiñuelas del destino, no cejar en la lucha y seguir buscando. Tal vez el puro camino sea la clave y no sólo soñar de una manera placentera, pero pasiva. No sólo por la aventura de vivir plenamente, sino por desenterrar el inenarrable placer de encontrar nuestro lugar en el mundo; o en su defecto morir en el intento.