Soy raro

de Moribundo Insurgente
 


      Soy un ser extraño. Tengo esa percepción sobre mi mismo y cada día que pasa veo que no me rehabilita para esta sociedad tan uniforme ni Dios.

   No me excitan las hazañas de la roja. No soy de deportes olímpicos, ni de medallas, y mucho menos si acaban acaparando portadas entre las manos de un rey, un presidente o un ministrillo con ganas de hacer patria y... fotos, muchas fotos.

   No vibro con Osasuna, ni con una jota, ni al ver un encierro. Ni al ver ondear en lo alto de cualquier ente gubernamental la bandera, sea una estelada o "la otra".

   Odio profundamente los chascarrillos televisivos que de repente todo el mundo usa como si no tuvieran mente para inventarse uno propio: "hoy no, mañana", "si hay que ir se va, pero ir pa na...", que triste.

   Las modas pasan sin pena ni gloria por mi vida: "Este año se llevan los colores cálidos y las prendas de tergal, color blanco roto..." Este año se lleva lo que me sale de mis santísimas gónadas y no pasa nada, y si está roto se compra otro, ¿no?.

   Me siento ajeno de los grandes eventos que autoridades y empresas autorizadas organizan para nuestro deleite y distracción. Se empeñan, pero veo que no son para mi. Lo mismo me ocurre con el tesón que muestran estas mismas autoridades en facilitarnos el acceso al consumo en grandes superficies con sus planes “renove” para electrodomésticos, TV, automóviles, telefonía,... 
   Luego ya se encargarán de echarle la culpa a los manteros y las mafias de acabar con el pequeño comercio de la ciudad, pero lo que interesa es que todos compremos en el mismo lugar, las mismas cosas y que el desplazamiento lo hagamos en nuestro flamante coche. No se me ocurre una forma más costosa de comprar una lata de tomate. Eso sí, puedes meter el coche hasta el pasillo de "Conservas". Muy cómodo.

   Ah! que no se me olvide: el pequeño comercio. Al menos como yo lo concibo desde mi rareza, es ese comercio de barrio donde compras lo que necesitas, conocen tu nombre porque lo apuntan en una libreta cuando te fían si te faltan 2 euros, donde sabes cómo se llama quien lo regenta y ellos conocen a tu madre... no esas franquicias que trituran trabajadores a 5 euros la hora, para que un “desgraciao”, con delirios de grandeza, se sienta un Amancio Ortega, al menos durante los pocos meses que suelen durar abiertas estas sucursales de multinacional.

   No me molesto en hacerme el sorprendido cuando la clase política o la realeza, una y otra vez y desde tiempos inmemoriales, aparece relacionada con alguna trama de enriquecimiento exprés, ni tampoco me altera un pelo cuando los "listos" de turno son acusados y un tribunal "independiente" (de militantes de esos mismos partidos), los deja libres o con poca condena, eso si, sin que aparezca ni un euro de los euros distraídos.
   Me aburro cuando escucho decir que no todos los políticos son iguales, que los hay honrados. Claro, pero lo que no parecen querer saber es que para alcanzar el poder hay que jugar al mismo juego que los tramposos, y no quedan más que dos salidas: o volverte un tramposo o perder.

   Estamos demasiado acostumbrados a delegar toda nuestra capacidad de decidir, a que piensen por nosotras porque nos resulta más cómodo. Vivimos en la sociedad de la comodidad y nos la hacen disfrutar a cambio de "pequeñas concesiones". Así, si somos capaces de abstraernos de la cantidad de personas que lo están pasando realmente mal para tirar adelante con su vida (paro, desahucios, EREs, explotación, suicidios, malnutrición infantil...), de lo que nos joden en nuestros trabajos, de lo que cuesta llegar a fin de mes, de lo que suben los suministros básicos, de cómo se están "comiendo" los recursos naturales las grandes empresas, de cómo el poder financiero maneja cualquier gobierno que se le antoje ... y nos centramos únicamente en nuestros deseos (materiales, claro), podemos alcanzar ese nivel de normalidad que supuestamente nos hará felices.

   Olvidarse de las personas que están en peor situación pero no olvidarse de celebrar los triunfos deportivos, ni de excitarse con las banderas.
Por supuesto no debemos olvidarnos ni de cambiar de televisor o de móvil o de coche, ni de llevarse bien con el jefe, ni de votar por quienes nos dicen que con ellos todo va a cambiar aunque no expliquen cómo.

   Sé que parece mucha labor pero aún estáis a tiempo. Se puede llevar a cabo desde casa o desde el bar, mientras mandamos un “guasap” y ojeamos la prensa con nuestro portátil, esperando a que se haga el nesspresso antes de ir a comprar al Carrefour en nuestro flamante BMW que pagaremos en cómodos plazos durante media vida a Cetelem.
 
   Para mi ya es tarde, ya no me socializo. Además, no paro mucho por casa y en el bar me descontrolo. 

Soy un ser raro, ¡qué le voy a hacer!.