Cristales

de Svmirnóv




  Miro a través de los relojes, flotando, a cada segundo que las olas del océano rompen con los bosques de hierro y cemento. 
Respiro, y las aves terráqueas ruedan por asfaltos, recorriendo calles eternas a galope, como cuatro caballos.
  Madrid, Ciudad eterna que nunca sueña y siempre duerme, voces del grito de atascos perdidos, luces que retan a las pupilas y muestran la belleza del negro oculto.
  Así, caminando por las vías de trenes intraversos, llevo la soledad de los cristales. 
  Y no es que sea mala eternidad esta soledad, todo lo contrario. La soledad es uno mismo. 
  Encontrarse en cada huella, seguida por la sombra.     Descubrirse en cada espejo, que miles de rostros ya han sonreído. 
 Los charcos y los cristales rotos de luciérnagas negras no paran de rebotar, pero la lluvia, ya se encarga de arrastrarlos hacia el lago de lo efímero. 
  Escribo y te escribo, a ti, soledad, que vienes en días de lluvia y sueltas la verdad que, muchas veces, vive oculta.