Caminando sin mirar más allá de nuestros zapatos de buzo

de Manuel Gris




  Lo único peor que madrugar (y sé que hay mil cosas peores, leo a veces las noticias, pero dejadme que me centre en preocupaciones del primer mundo, ¿por favor? Aunque, seguro, la mayoría de gente que se ponga a criticar esta próxima afirmación lo máximo que habrá hecho en su vida de humanitario sea enviar dos tuits e ir a 5 manifestaciones que ni recuerda para que eran,
así que bueno pasando de vuestra hipocresía de postureo) es todo lo que hacemos cuando no somos más que zombies estúpidos y sin cerebro que tratamos de llegar a esa cárcel en la que nos dan dinero para gastarlo en obligaciones y caprichos pasajeros.


  Todo cuanto hacemos en ese triatlón inconsciente es, sin ninguna duda, lo peor que vamos a hacer en el día. Todo lo demás, por muy caótico o estúpido que sea, solo llegará a la plata.

  Y hoy, en realidad hace 5 minutos, he vuelto a cagarla.

  Y cómo.

  Antes de nombrarlo me veo en la obligación de aclarar que soy alguien que se come la cabeza con tonterías del tamaño de cerebros de medusa, y que cualquier cosa que me pase está obligada a dar mil vueltas por cada una de mis neuronas antes siquiera de llegar a guardarse u olvidarse para siempre, así que dadme un poco de cancha cuando os diga lo que me ha pasado, y no me tratéis como a un tonto de los que se les cae la baba o se pasan media vida en el gimnasio buscando la perfección.

  ¿Sí?

  Vale.

  …He pisado un caracol (Pausa para que os riáis, o me digáis que menudo memo estoy hecho).

  Estaba charlando con un compañero de trabajo, de esos con los que solo hablas cuando hay un rato porque no compartes laboratorio con él, que me había encontrado porque había tenido suerte con los metros y los despertadores, así que podría decirse que yo no debería haber estado ahí, en ese momento, pisando donde pisé. Matando a ese caracol que estaba en la mitad de la acera.

  Primero he pensado en todo el trabajo que le habría costado a ese pobre animal llegar hasta ahí (seguramente toda la noche y parte de la mañana), y me ha jodido haber sido el culpable de que todo su trabajo no hubiese servido para nada, para absolutamente nada más que para ponerse en ese sitio donde la casualidad me ha hecho matarlo (porque está muertísimo (mido 1 metro 82 y peso 93 quilos, así que lo he convertido en un charco), y he pensado en que muy pocas cosas sirven verdaderamente para algo una vez se llega al final. Porque el camino hasta una meta es divertido y excitante, aunque cueste, pero por mucho que se sude y nos esforcemos, siempre estará ese destino que nos pondrá un muro (o un pie enorme) delante y que nos hará pensar que nada ha servido. Que hemos malgastado un tiempo que no volveremos a tener. Y me he preguntado: ¿vale la pena pensar en esta posibilidad?, porque si lo hacemos, ¿no estaríamos matando las ganas de luchar por nuestros sueños? 

  Siempre he sido un optimista de los que hasta al hecho de tener diarrea le ve algo bueno (adelgazas estando sentado), pero pensar tan pesimistamente me hace serlo aún más, porque caigo en la cuenta de que aunque al final solo encuentre una bamba de 11 euros del Decathlon, al menos habré tratado de llegar a algún sitio en lugar de quedarme quieto en casa y no servir para nada.

  La muerte de ese caracol ha servido solo para que este texto exista, vale, y no es que vaya a cambiar el modo en que el mundo es, ni va a conseguir que se acaben los problemas de nadie, pero con que solo hayáis pensado en ese animalito viscoso y aplastado, solo con eso, ya habréis hecho más por él que cualquier manifestación en la que acaba todo el mundo pringado de sangre falsa y tumbado en el suelo fingiendo estar muerto.

  Porque al pensar en ese caracol habréis pensado en vuestras vidas, en como son comparadas con la de él, ¿y no sirve de verdad para eso una reflexión?, ¿para que veamos las cosas de un modo en que no lo habíamos hecho antes?