Un pasito pa lante, dos pasitos pa tras.

de Teresa Estévez




   A menudo me he visto inmersa en conversaciones de gente de mi generación, en las que he observado particularmente dos posiciones: los o las que han llegado al presente con una visión e insatisfacción personal de todo y abanderan la negatividad y la crítica como eje de su vida. Los llamados haters que parece ser actúan de esta manera por dos razones: para sentirse importantes y superiores y para sentirse incluidos. Y los que, estos en mayor número, utilizan para cualquier argumento, este cliché como justificación a estas alturas de mi vida estoy de vuelta de muchas cosas y ya no estoy por tonterías

   Como si el dato de la edad justificara cualquier irregularidad o falta de respeto hacia el otro.

   Precisamente este sector de personas son las que, con el mismo pretexto de la edad, desautorizan a los jóvenes por su inexperiencia, irresponsabilidad y falta de interés hacia cualquier cosa. Contradictorio ¿no?. 

   No es que crea que la juventud sea un valor, es una circunstancia. La experiencia, sí es un valor. De hecho, pienso que la mayor utilidad que nos aporta la experiencia es la información necesaria para saber a dónde no debemos o queremos volver. 

  Por lo tanto, no logro entender esta desautorización. Es más. no justifico pero entiendo que los jóvenes, por su corto tiempo en el mundo de las experiencias y su prematura forma de ver las cosas, puedan tener comportamientos impetuosos y más bien poco acertados. Por el hecho de que, en esa franja de edad, todo se ve blanco o negro y brilla por su ausencia la posibilidad de contemplar la gran gama de grises que necesariamente hay en medio. Pero les queda todo un largo camino para crecer y descubrirlo, y poder añadir a su currículum emocional el valor de la experiencia. 

   Y los mayores, habiendo escrito ya muchas páginas del libro de la vida, tenemos la obligación moral, familiar y social de poner a su disposición, siempre desde el respeto y no de la soberbia del que ya está de vuelta, toda nuestra sabiduría, teniendo claro que ellos deben vivir sus propias experiencias. No podemos pretender que cimienten sus bases con las nuestras. Ese es el error....

 Toda generación piensa que es mejor que la anterior.

 Supuestamente la sociedad avanza. Y es cierto que sí, en muchos campos. Aunque en ciertos comportamientos sociales y emocionales, tengo mis dudas.

  Ejemplo: Años atrás, al que hablaba solo por la vía pública se le diagnosticaba demencia, hoy en día hablar por la calle es señal de estatus social, relacionándose directamente con la última generación tecnológica que lleve en su mano.

  El hecho es el mismo, pero hemos cambiado el concepto.

  Cierto es que tecnológicamente se avanza a pasos agigantados, pero como individuos y sociedad dejamos mucho que desear.

  Cada mecanismo que hace avanzar, genera más exclusión. Cuanto más éxito, más desigualdad.

 Somos individuos sobre informados, sobresaturados, sobre dispersos. 

 La gran paradoja es que cuanta más interconectividad y audiovisualidad, más solitud y desconexión.

 Nuestras ciudades están repletas de personas que se aíslan en su burbuja tras sus auriculares, o de jóvenes que ya no comparten la mesa con la familia, sino que se recluyen en su programación verdaderamente a la carta, o en un video juego de dudosa motivación. Estamos pagando un alto precio por esta revolución.

  El bombardeo visual es tan poderoso (exige casi un 90% de nuestra interfaz con el mundo, a través del ojo y del oído), que apenas nos queda espacio mental para imaginar, para soñar, para crear, para pensar.......nos limitamos a reproducir y copiar, en todos los ámbitos.

  Ya no somos capaces de encontrar una pequeña porción de tiempo para sentarnos mirándonos a los ojos y charlar.... compartiendo un café y una entrañable conversación, pero sí para bombardearnos hasta la saciedad con los invasivos whattsapp.

 Todo es terriblemente impersonal y enlatado. Necesitamos más piel.