Patada en la espinilla

de Manuel Gris



   El mundo está lleno de momentos incómodos, como cuando alguien se mete contigo en el ascensor y trata de iniciar una conversación solo porque cree que debe hacerlo, o esa otra vez en la que en un semáforo te cruzas con un ciego y, al apartarte, el mismo hombre al que tratabas de ayudar te pega una hostia de órdago en la espinilla con su bastón; y no sabes si meterle una paliza y decirte a ti mismo que es tu culpa por no apartarte del todo de su camino.

   Después está cuando alguien te dice que Cincuenta Sombras de Grey es un gran libro, pero con los retrasados mentales no me quiero meter esta vez.

   Pero uno de los momentos que menos comprendo, y que si en algún momento me veo en ese lugar, en ese momento, haciendo lo mismo me suicidaré con una sonrisa en los labios, es cuando veo a un niño en el metro armando un jaleo de los que salen en las películas bélicas que tratan de emular una batalla, y el padre/madre/abuelo/abuela/familiaranormalasucargo no hace absolutamente nada porque, palabras textuales que me han llegado a decir: “es un niño”, “está creciendo”, “tú también lo hiciste” (vale, me ha salido un padre secreto y yo sin saberlo) y, la mejor de todas sin duda, Y COMPLETAMENTE VERIDICA, “si te molesta, cámbiate de asiento, que ya eres mayor”

   Este tipo de situaciones son las que hacen que volvamos a nuestros instintos básico, aquellos en los que nos matábamos entre nosotros solo por el bienestar individual (y aquí no incluyo las guerras porque, como todo el mundo sabe, eso nunca se ha hecho por el bienestar de nadie en absoluto), o porque queríamos tener a esa hembra o ese alimento antes que nadie. Y no hablo de los participantes de Mujeres Hombres y Viceversa, sino de cuando éramos simios descerebrados sin nada más útil que hacer a parte de cagar, follar, comer, y hacer ruidos extraños (quizá sí que estaba hablando del programa, después de todo). El caso es que esta falta de respeto, ya no solo a los que te rodean sino al propio crecimiento y educación de una persona a tu cargo, hace que la fe que suelo tener en la humanidad (en contadas ocasiones y solo porque o estoy borracho o porque he leído alguna noticia de veterinarios bondadosos o de supervivientes de accidentes) desparezca por la misma cloaca por la que, hace ya mucho tiempo, vi caer el sentido común de los extremista (me importa una mierda el bando, el sexo o la procedencia) y la confianza en que el mundo algún día mejorará forestalmente hablando.

   Aquí, a estas alturas, tengo que reconocer un episodio de mi vida que, incluso a día de hoy, sonrío al recordar. Y es que en una de esas veces, de camino a las escaleras mecánicas que me llevarían a la superficie, descubrí horrorizado que el padre, en este caso, y el niño, que me habían impedido leer en paz en mi trayecto por los gritos y saltos y golpes que había dado durante 6 putas paradas, seguían mi misma dirección, y que el chaval, de unos 5 años, llevaba una mochila de Bob Esponja con ruedecillas que, conscientemente porque en estos casos aunque seas una ameba con parálisis cerebral te das cuenta de ello, iba chocando contra espinillas y zapatos con una fuerza, sino potente, si dolorosa si te pilla con la guardia baja. Y le vi venir, porque me paré para que una chica con prisa pasara antes que yo, y observe como tras él dejaba caras de desagrado y dolor, y esperé a que se acercara. Y lo hizo. Mi jugada fue efectiva y del todo visible para los que me rodeaban, pero nadie dijo nada, si las risitas y los “jodete” susurrados no los ponemos en la misma categoría de Hablar, porque fue algo que todos deseaban hacer pero, como siempre, el paso que separa los pensamientos y los actos es tan arriesgado y tan falto de seguridad al final del mismo que, como siempre, acabamos siendo gobernados por la derecha (creo que me fui de tema). 

   El niño se acercó, sin freno y con su arma lista para joderme la espinilla, y cuando le tuve a menos de un metro, me gire, moví el brazo hacía atrás y uno de los ojos del niño se encontró con mi codo. El pequeño cuerpo se detuvo y permaneció un par de segundos de pie, inmóvil, tratando de comprender qué había pasado; y se puso a llorar cuando ya me encontraba lejos de allí. Me pareció ver, antes de que el techo del pasillo me devorara mi visión, como el padre le preguntaba que había pasado, y respuesta fue un guantazo en toda la cara del niño a su progenitor.




   ¿Estoy orgulloso de haberle pegado a ese niño?, sí.

   ¿Por eso soy alguien insensible y abominable?, si crees que sí, no creo que tomemos nunca una cerveza juntos entre risas.

   ¿Seré un buen padre?, a esta pregunta contestaré a la gallega: ¿dejaré que mi hijo se comporte como un energúmeno en lugares públicos solo porque, pobrecito, es un niño y tiene que hacer cosas de niños sin que importe la gente que haya alrededor o la vergüenza ajena que pueda ocasionarme?

   Cada vez que miro mi codo, desde ese día, sonrío en silencio.