Crónicas de la generación X: ratas

de J. Daniel Aragonés



   Te dicen que el texto no puede tener más de cuatrocientos caracteres y sigues las instrucciones al pie de la letra. No más de página y un cuarto. Vale, de acuerdo. Así haces. No te comes mucho la cabeza con el contenido, haces lo de siempre, le das vueltas a ese mismo tema una y otra vez. Eres un bucle de ti mismo. Te sientas frente a la pantalla, abres una lata de cerveza de medio litro, pones un disco de Stoner train y empiezas a teclear. Piensas en aquel periódico americano, el Open City, y en los Escritos de un viejo indecente de Bukowski. No le llegas ni a la suela de los zapatos, pero eso no importa, tú quieres romper con todo, vivir al margen, sentirte vivo dentro de este mundo de cadáveres hipotecados. Te ves a ti mismo como un escritor maldito —falacias de un marginal en paro—. Dices puta, joder, cabrones y matas gente en tus textos. Lo tienes todo para triunfar en la capa más baja del subsuelo artístico, o para morirte de hambre, o para ser un escritor que limpia platos o ejerce de conserje amargado o hace guardias preventivas en un desfile de moda durante catorce horas seguidas. Estás ahí sentado, delante del ordenador, y te crees libre, no importa el ruido que te hacen las tripas. Ya comerás otro día, o mejor, en otra vida. Ahora hay que escribir. Quieres cagarte en todo. Mandarlo todo al infierno. De eso tratan tus relatos y poemas. Escribes para desahogarte, para reírte de tu jodida mala suerte y de la mala suerte ajena. Algunas veces lo haces de forma metafórica y otras de un modo directo y asqueroso. Eres uno entre un millón, el elegido, un triste idiota que no sabe por dónde se anda. Un triste idiota que quiere cambiar de párrafo y no lo va hacer. Un triste idiota que no quiere ver cómo un editor de blogs revienta tu texto sin querer al publicarlo en el el Open City de la red virtual. Por eso decides no cambiar de párrafo. Es preferible enviar un chorizo único, un bloque homogéneo carente de sentido y con muchos improperios en mayúsculas. Y lo haces porque eres una jodida rata. Un escritor de la generación X que todavía no ha leído a Douglas Coupland. Eres el traidor más rastrero que hay en tu vida. Nada de lo que haga nadie te puede doler porque eres el daño en sí mismo. Escribes por necesidad, para hablar con alguien de un modo sincero, para emborracharte con motivo, para inventarte amigos que no fallan. En este momento ya no importa que el texto no pueda tener más de cuatrocientos caracteres. Estás borracho y plasmando tus sentimientos, vinculados todos ellos a la misantropía. No te importan los lectores. Seguro que hay más idiotas parecidos a ti. Personas a las que el mundo no les importa una mierda. Personas infelices que detestan los textos de autoayuda y que se ríen de todo cuanto les rodea. Seres infames que usan los periódicos de gran tirada para encender la barbacoa o recoger las cacas de su perro o limpiarse el orifico anal. Ratas, tus lectores son ratas. Ratas para las ratas.