Proyectos Fallidos

de Lucas Albor





  Diego es escritor, y a mí no me gustan los escritores. Pero con él hago una excepción, porque a Diego tampoco le gustan los escritores. Quiero decir, a Diego le gusta Palahniuk. Y la literatura de ciencia ficción.
Pero no le gusta Simón y toda esa bazofia. Diego y yo nos entendemos bien. Le hablo de Quique, un tipo que escribe poemas malísimos pero tiene toda la imagen del escritor. Una vez fui a uno de los recitales de Quique. Para ponerse a vomitar allí mismo, digo, de lo malos que eran los poemas. Todo muy hipster. Dios bendiga a Carlos Simón, digo. Diego abre una cerveza y me mira. Sonríe. Nos entendemos bien. Enarca las cejas, aparta la vista y le da un trago. Después suelta el tercio. Pasa de esos rollos, dice. Deberíamos montar algo, dice, tengo algunas ideas. Una especie de colectivo, agruparnos.

  A mí no me gustan los colectivos. A Diego tampoco. 

  Seguimos hablando. Contamos con Joaquín. A mí me gusta Joaquín, escribe de puta madre, aunque tiene bastantes faltas de ortografía. Le hablo de Alberto. No he leído nada suyo, pero estoy casi seguro de que debe ser bueno. Alberto piensa como nosotros, digo, a él tampoco le gusta Simón. Ni Revierte, claro. Revierte sí que es bazofia. Diego vuelve a asentir. Llevamos ya siete u ocho cervezas, así que la cosa se está poniendo interesante. 

  Diego me pregunta si tengo algo más escrito, algo en prosa. Para nuestro colectivo. No, no tengo nada, le digo. Pero estoy dándole vueltas. Bueno, tengo un libro de poemas casi tan malos como los de Quique. Deberías escribir algo más, algo en prosa. Tu novela es buena. Pásame los poemas, dice. 

   Asiento. Apuro otra cerveza y enciendo un cigarro. Lo tengo en la cabeza , algo más surrealista, rollo Burroughs, pero distinto. Necesito centrarme un poco, estoy dándole vueltas. Burroughs si que era hipster, digo, y no los subnormales estos de las gafitas y el fular. Les pegaba un tiro a todos. A Simón el primero. 

  Diego se lo toma en serio. Tiene una rutina. Lee y escribe. Lee y escribe. Y tiene todos esos proyectos, lo tiene bien pensado, sabe los pasos que hay que dar. Pero yo soy demasiado inestable, no tengo proyectos, ni ganas de escribir, no tengo nada. Diego habla de literatura, habla de Palahniuk, deberíamos agruparnos, hacer algo, dice, y entretanto yo pienso en Marta, y en cómo cojones lo hice para no acostarme con ella. Si fuera un poema de Simón, la tendría persiguiéndome por las esquinas. Pero no, a mí me dan cuatro besos y me enamoro como un crío de quince años. Luego claro, pasa lo que pasa. Lucas Albor, famoso escritor en ciernes, llorando por una desconocida. Diego sigue hablando. Tenemos que volver a vernos, dice, con papel y lápiz, negro sobre blanco. 

  Pienso en las niñas de Ana y Gonzalo. Tendrán ya cuatro o cinco meses, y supongo que a estas alturas Gonzalo debe estar a punto de suicidarse. Pienso en el aborto de Ana. Menuda perra, con ella sí que me volví loco, casi me arruina la vida. Ahora Gonzalo lo tiene que estar pasando mal. En el fondo no era mal tío. Bueno, que se joda, a quién cojones le importa, él se lo buscó. Miro a Diego y sonrío. Diego tiene todos esos proyectos, todas esas ideas, escribe, lee y escribe, y bueno, no le gustan los escritores, así que suena bien. Abro otra cerveza. Sí, le digo, tenemos que vernos, tenemos que hacer algo con esto. Contamos con Joaquín y con Alberto. Al resto les pueden dar por el culo. A Gonzalo le pueden dar por el culo. A Ana la pueden dar por el culo. Pero dame unos días, colega, simplemente necesito centrarme un poco, aclararme las ideas, olvidarme de Marta, olvidarme de todo. Y bueno, quizás empezar a tomármelo en serio.