Cráneo vacante

de J. Daniel Aragonés



  Cuando uno llega a tal punto de cocción cerebral en el que la única salida es el vacío —representado como un inmenso y absorbente negror—, entonces ya no hay camino de vuelta. Podría estar conversando sobre la fatalidad extrema, con barra de bar de por medio y toda esa porquería, hasta que se acabase la cerveza del planeta. Sin embargo, ante la falta de bar, barra y personas a mi alrededor, hablaré de algo mucho más interesante: el peculiar modo de pensar que conduce las ideas a un estercolero de conceptos inútiles. No me entendáis mal, no digo que ciertas ideas, en este caso mías, sean una auténtica basura, no. Hago referencia a ese tipo de inclinaciones personales que nos convierten en seres malditos, en ovejas negras, en personas ingratas para convivir con lo establecido. 



  ¿Fatalidad extrema? No, más bien se trata de una guerra de clases.

  Supongo que ha sido este maldito verano el que me ha llevado al infierno del mutismo. Tanto calor, la desesperación por encontrar un empleo digno, cosa que ya no existe —la mutilación de la dignidad se ha convertido en deporte empresarial—. El caso es que me siento vacío, no tengo cogido el personaje. En serio, no puedo ser una oveja como las demás, y lo siento. Adiós al premio Goya de la idiotez social. 

  Sí, amigos —o enemigos—, las buenas ideas no sirven para nada hasta que no se convierten en algo comercializable, vendible, útil, bonito —¡Uuuuuuuuh!—. Ese es el vacío al que hago referencia. Un vacío tan repleto de pensamientos que no deja un hueco libre. Un vacío que me persigue: lo llevo en la mirada, va implícito en cada uno de mis gestos, incluso, en ocasiones, se pega en el fondo de la taza del váter. Un vacío que ellos, los buitres del sistema, pueden ver. A veces me siento como si llevase pintada una diana en la frente, o un letrero en el culo.

  ¿Fatalidad? No, es odio. Su propio odio. El odio del mundo.

  El negror infinito que llevo implícito me limita el modo de vida. Esas malditas ideas habitan dentro de mi cráneo y dan forma a mi personalidad, templan mis nervios, afilan mis uñas, humedecen mi lengua. ¿Podría catalogarlas como una especie de principios activos transformados en un Cosmos personal? Sí, eso es lo que son. Esas malditas ideas soy YO dividido en frases sueltas. Convertido en un conjunto de voces internas. 

  Quizás sean esas voces las encargadas de alimentar mis miedos y obligarme a creer que el mundo me odia. Pero, ¿por qué? ¿Será que necesito exponer el ahogo y la ansiedad que siento?