Fue culpa del trapo

de Juan Cabezuelo




   No me gusta el fútbol, y no es porque me crea un intelectual o vaya de culto, sencillamente nunca me ha atraído, ni cuando era niño lograba darle con el pie a la pelota decentemente un par de veces jugando con mis amigos,
y ni mencionar la cara de gilipollas que se me quedaba cuando éstos me hablaban de fuera de juegos, corners, penaltis y manos (pues claro que mano ¿con qué coño voy a parar la pelota si venía directa a mi cara, con las orejas?), por eso me dispongo a abandonar la cafetería donde me he tomado un batido de chocolate bien fresquito (sí, ya sé, debería decir que ha sido un café bien cortito y cargado o una cerveza o cualquier bebida alcohólica para hacerme el escritorazo chungo y marginal, pero para qué vamos a engañarnos, era un batido de chocolate), cuando el camarero cambia de canal el televisor para poner un "partidazo" que todos están esperando ilusionadamente que empiece. Miro al televisor mientras espero el cambio de un billete de cinco con el que he pagado y puedo observar como la cámara hace un barrido de las gradas, miles de personas embutidas en sus asientos menean cientos de banderas al viento, en un lado del campo las de un color, en el otro extremo las de otro, todos se gritan he insultan, se aferran a sus pequeños mástiles moviendo enajenádamente sus banderas como si les fuesen la vida en ello. El sonido de la bandejita con el cambio rozando la superficie de la barra me arranca del profundo mundo de mis cavilaciones, así que cojo el cambio con una de mis manos (lo siento camareros del mundo, mi situación económica no me permite dejar propinas) mientras con la otra me recoloco la mochila sobre mi hombro y salgo del local.

   Una vez en la calle me dispongo a recorrer caminando de una punta a otra la calle peatonal que me llevará hasta casa, con mis manos en los bolsillos paseo despreocupado mientras observo las fachadas de los pequeños edificios del pueblo, una fresca brisa recorre sigilosa la calle meciendo decenas de banderas colgadas de los balcones, banderas catalanas se enfrentan en un eterno y pedante combate con banderas españolas por una absurda supremacía en el pueblo, por otro lado las banderas españolas compiten entre ellas por si luce más el aguilucho de Franco o la corona monárquica. Decido callejear un poco por el pueblo para dejar de pensar un rato, me adentro por sus callecitas siempre en busca de las más tranquilas y menos transitadas, en ellas puedo observar atónito como otras personas han decidido sumarse a la ensalada de colores y colgajos para dar a conocer de que nacionalidad es la familia que vive en ese hogar, así que mientras camino pensativo se cruza ante mi mirada banderas colombianas, argentinas, peruanas y alguna otra que no reconozco o me suena de algo pero no sé ponerle procedencia. Vuelvo a la calle peatonal, camino unos pasos y decido sentarme en uno de los pocos bancos que puedes encontrarte a lo largo de la dichosa calle (gracias señora alcaldesa, los turistas tienen hoteles y discotecas de sobra para poder emborracharse y liarla parda mientras las fuerzas de "seguridad" de este pueblo miran hacia otro lado, pero la gente mayor tiene que hacer cola para poder sentarse en un puñetero banco porque debe de resultarle muy caro al ayuntamiento poner más, pero claro, podría poner más aparcamientos de zona azul para poder sacar más dinero y comprar ésos bancos, cuenta la leyenda que todavía quedan un par de aparcamientos libres de pago en el pueblo), a mi lado se encuentra una pareja de ancianos conversando tranquilamente, disimulo que busco algo en el interior de la mochila para poder escuchar su conversación (como escritor podría excusarme diciendo que lo hago para encontrar inspiración a la hora de crear personajes, pero la verdad es que lo hago por puro y duro chafarderío), uno de ellos le dice al otro que el también se ha puesto una bandera catalana en el balcón de su casa, el otro le increpa que antes de catalanes son españoles, y que es la bandera española la que debería colgar de todos los hogares, el otro le responde que Cataluña fue una nación antes de ser invadida por "nosequién", el otro le contesta casi llegando a la agresión que... Decido reanudar mi marcha mientras pienso si la famosa manzana de la discordia tendría un sabor tan amargo como la que esos dos pobres viejos acaban de morder. Los pasos se escabullen silenciosos mientras me llevan por inercia hacia mi casa pues yo voy demasiado concentrado en lo feliz que me hace no reconocer patria ni frontera, total, la tierra es sencillamente eso que pisamos a cada paso, y no nos pertenece a nosotros, nosotros le pertenecemos a ella; y caminando medio somnoliento y casi en estado comatoso por la densidad de mis pensamientos llego a la plaza de la iglesia del pueblo, sólo me faltan un par de calles para llegar a casa, pero al cruzar la plaza tengo que esquivar con reflejos casi felinos unas cuantas paradas de partidos políticos que se han puesto ha hacer propaganda intentando engañarnos con el cómico discurso de que ellos son menos corruptos que los que hay en la parada de enfrente, y mientras algunas personas intentan encalomarte un panfleto con la foto de su "Mesías" particular o corren a regalarle un globo con el logotipo del partido a los niños (por cierto, me pregunto si también le regalarán globos a los niños de las familias que desahucian de sus casa) otros lucen las banderas con los colores de sus partidos colgadas de la espalda en plan capas de superhéroes. Esquivo como puedo el variopinto y propagandista circo de las miserias políticas pueblerinas y consigo cruzar la plaza sin tener que coger ningún panfleto cargado de mentiras. Entro en casa, saludo a mi mujer y a mis hijos y me pongo a pensar en cuantas banderas más puede haber, y sin darme cuenta me viene a la mente el uno de mayo y a todos los sindicatos y organizaciones luciendo sus banderas en manifestaciones prefabricadas mientras se critican y se miran por encima del hombro los unos a los otros, una sonrisa se me dibuja en la cara mientras pienso en todo ésto, no entiendo ese afán enfermizo por los trapos de colores que sienten la mayoría de las personas, porque en mi caso, no existe ningún trapo coloreado que pueda representarme, ni mucho menos sentir y experimentar mis inquietudes y necesidades, ninguna bandera se levanta a las cinco de la mañana para ir a trabajar en mi lugar ni ninguna bandera se sienta a las once de la noche en una silla frente a la mesa del comedor cubierta de facturas sin pagar mientras espera que se obre el milagro.

   Me pongo a fregar los platos sucios después de la cena, en la soledad de la cocina sigo con mis cavilaciones y apoyado contra el mármol de la encimera seco los vasos con un trapo blanco con rayas azules que compré hace ya algún tiempo en mi última visita a Ikea, mi hijo entra como desesperado y me pregunta -Papá ¿has visto mi bandera del Barça?, es que acaban de ganar... (mi cerebro entra en modo avión) ...y quiero ir a celebrarlo con mis amigos-, yo lo miro indiferente mientras niego con la cabeza y le digo -No, no la he visto, pero toma ¿te sirve ésta?- y le ofrezco el trapo con el que estoy secando la cristalería, el me mira con cara de extrañado mientras me pregunta frunciendo el ceño -¿Pero que dices?-, yo río despreocupado -Lo que te estoy diciendo es que las banderas no son más que trapos coloreados, algunas con distintos colores que otras, o sencillamente con los mismos colores pero en distinta disposición, así que ni mates ni te dejes matar por ninguna de ellas-, mi hijo me mira con los ojos como platos mientras me dice -Ah, vale- y sale de la cocina diciéndole a una de sus hermanas -...es demasiado joven para chochear de esta manera- y los dos ríen alejándose por el pasillo, yo sonrió contagiado por sus risas y espero que mi hijo no se cruce con nadie capaz de coserlo a ostias o darle un navajazo porque su bandera es azul y roja y la de él vete tú a saber de que color, o haberlo educado lo suficientemente bien como para que no sea él el energúmeno de hacer una sandez parecida... un CRASH interrumpe mis pensamientos, la voz de mi mujer me llega desde el comedor -¿Pero que hasés boludo? rompiste otro vaso-, yo pongo cara de poker mientras le contesto -Lo siento mi amor, fue culpa del trapo...