Bloqueo de escritor

de Lucas Albor




   Estoy en ese típico momento en que no se me ocurre nada. Bloque de escritor, dicen, aunque yo eso no me lo creo mucho, sinceramente, me parece una gilipollez para gente vaga o tipos carentes de talento. Así que me siento frente al computador, dejo flotar los dedos por las teclas, mirando a la pantalla como un subnormal, esperando a las musas. Después me levanto, preparo café, vuelvo a sentarme, enciendo un cigarro, expulso el humo, vuelvo a clavar los ojos en la pantalla.

   Mierda, hay algo que no funciona. Bloqueo de escritor. Saltan las alarmas. Lucas Albor, flamante autor de Golondrinas muertas en la almohada, haciendo el idiota en una habitación diminuta, fingiendo que tiene algo interesante que decir. Falta de talento. Quizás deberías mandarlo todo a tomar por culo, chaval.
   Bueno, veamos, tranquilízate, aleja de ti esos pensamientos apocalípticos: hace calor, apenas has dormido, has tenido pesadillas, ni siquiera has comido. Además, arrastras un cierto desorden emocional que, ya sabes, te impide concentrarte, fijar los pensamientos. Hemorragias, cortes, heridas, traumas de la infancia. Venga, date una vuelta, sal a la calle, bébete un par de cervezas. Vive, respira.
   Pero ahí fuera no hay muchos estímulos. Minifaldas, pintalabios, maquillaje. Carteras de mano, corbatas. Pantalones de pitillo. Humo en los vagones de metro. Caras cansadas que, pese a todo, intentan sonreírte. Latinos cantando con un amplificador. Viejos que sólo esperan el momento oportuno para morirse. Jóvenes esperando al fin de semana para drogarse. Adolescentes pidiéndote un piti. Nazis. Vagabundos en las esquinas, compartiendo un cartón de vino. Dealers. Intercambio de fluidos en los cuartos de baño. Cocaína, rótulos publicitarios en las marquesinas. Ídolos ficticios. Inmigrantes trabajando a destajo por sueldos miserables. Peleas a navajazos en la plaza, hurtos, robos con fuerza, juicios rápidos. Contenedores, partidos de fútbol, olor a neumático quemado y a mondas de fruta podrida.

        -Oye, primo, ¿tienes algo suelto?¿Me prestas un euro?

   Todo parece gris, triste, como una vela que se consume sin que nadie le preste atención, o una estrella que se apaga lentamente, palpitando aún.
   ¿Eres tú, o es el mundo? ¿Son tus pesadillas las que condicionan tus percepciones, o realmente todo esto no es más que una especie de pesadilla? ¿Es éste tu mundo?

   6 millones de parados, familias que se mueren de hambre, desahucios, becas de comedor. Contratos laborales de 5 o 6 euros la hora, 15 horas semanales. Las calles llenas de basura. Universidades tan caras que resulta más barato dejar los estudios. Hospitales tan caros que resulta más barato enfermar.

   Venga, chaval, lávate la cara, espabila, come algo, escribe cosas bonitas, qué sé yo, un poema sobre los pétalos de las amapolas. Tiene que haber algo bonito. Seguro. Habla de la primavera. La vida puede ser maravillosa. El amor. Tiene que haber algo. Tiene que haber algo ahí fuera.
   No, mira, paso, prefiero seguir con mi bloqueo de escritor. Aquí no hay flores, ¿sabes? Sólo el cenicero lleno de colillas, la taza de café, dos manos llenas de dedos y un guión parpadeando sobre el documento en blanco. Ya se me ocurrirá algo. La política, el arte, la gente, la miseria de nuestro día a día. Ese jodido vagón de metro. Las mondas de fruta. Sólo tengo que relajarme y seguir peleando. Peleando a la contra. Sólo dame tiempo, un poco más de tiempo, unos minutos.

   ¿Bloqueo de escritor? Eso no son más que gilipolleces. Mira, vamos a hacer una cosa. Me voy a tomar otro café, me fumo un cigarro tranquilamente, y me pongo con el texto. Seguro que al final lo saco. Seguro que sí.