Sólo es una historia

de Manuel Gris



Te voy a contar una historia.

No va a ser muy larga, pero de todos modos te voy a pedir la máxima atención. Y también que estés tranquilos porque, cuando acabe de explicarla, volverás a ser el mismos que antes.



Vamos allá.

Imagínate un precipicio, de esos en los que se jugaban la vida el Coyote y el Correcaminos. Está cubierto de hierba verde que brilla tanto que parece pintada con un spray, pero no es así. Es realmente hierba virgen. Sin pisar. Libre.

El cielo es tan azul que cuesta creérselo, sobre todo porque ninguno de nosotros lo hemos visto de ese modo, y no hay ningún sonido que pueda estropearte la tranquilidad que te rodea.

Estás en silencio, con el viento como único compañero. Él y tus pensamientos que, como debe ser, no están centrados en nada; solo en estar relajado, en paz. Sin problemas.

Entonces el suelo comienza a emitir pequeños temblores, como contracciones de embarazada primeriza, e igual que ellas te asustas porque crees que algo malo está a punto de pasar. Miras alrededor y no ves nada que parezca ser el causante, nadie que parezca tener la culpa, si exceptuamos una pequeña y gris sombra que, muy muy lejos, empaña como una nube cargada de lluvia el cielo azul que tanto te tenía hipnotizado.

Los temblores no se detienen, es más, jurarías que cada vez parecen más persistentes, casi como si aprovechando que no has hecho nada, absolutamente nada, al principio se haya confiado y haya dicho en voz alta, para sí mismo, perfecto, nadie me dice nada. Voy a seguir, que es exactamente lo que sigues haciendo. Nada. Solo observas asombrado como la sombra gris se va haciendo poco a poco más grande al tiempo que la hierba verde que, antes, te parecía perfecta, empieza a sufrir por el temblor y pierde su intensidad, muriendo poco a poco pero sin llegar a la oscuridad por completo; solo quedándose en el limbo, ese en el que buscan una pequeña puerta por la que volver a esa paz que amaban.

Tú sigues sin saber qué hacer. Sabes que aquella cosa gris se acerca, sabes que es mala para ti y este precipicio que tanto amas, pero aun así no actúas porque piensas que seguro que aquella extraña forma no va a salpicarte. Seguro que pasa de largo, te dices, seguro que hacer nada es mejor que jugármela y salir malherido, sentencias. Así que simplemente te sienta, a un lado y en el suelo, viendo como la nube se acerca cada vez más, y más, hasta que empiezas a diferencias formas muy parecidas a ti pero, de algún modo, diferentes. Todas parecen vestir del mismo modo, sin importar si les queda bien o mal, como si fuese el uniforme de alguna fábrica o lo que se les pone encima a los enfermos de los hospitales solo para que parezca que les respetas un poco. La masa idéntica camina al mismo ritmo, soltando gritos y frases, que no comprendes, pero que hacen que los que rodean al que ha soltado el “chiste” rían como asnos sin respeto por los demás que no saben de qué va el tema. Porque los demás no existen, aunque estén a su lado. Los demás solo están de adorno. No son nada más que un adorno. 

A estas alturas los idénticos están a menos de 50 metros de ti, y desde el suelo, donde sigues sentado, ves y hueles y sientes como la hierba prácticamente se desprende del suelo y huye de allí llevada por el viento que, a cada nuevo metro que le restamos a los 50 iniciales, se hace más denso e irrespirable y te atrapa como si fuera un luchador de sumo enamorado hasta las trancas de ti y tu culito respingón.

Pero, aun así, sigues sin moverte.

Está seguro de que no hacer nada es mejor que hacer cualquier otra cosa, que aquellos animales de tu misma especie pasarán de largo, o se detendrán cuando lleguen al borde del precipicio, se darán la vuelta, y se irán por donde han venido.

30 metros.

10 metros.

Están justo delante de ti los primeros del grupo, un grupo al que no le ves el final cuando intentas verlo desde tu posición, y para tu sorpresa nadie se detiene. Todos siguen adelante y se van acercando al abismo, y no haces nada para pararlos, porque en lo más hondo de tu ser, allí donde nunca te atreviste a asomarte, les odias por robarte la tranquilidad que poseías. Esa qué esperas recuperar cuando todos mueran al encontrar el suelo al final de su caída.

Caen los primeros 100, después los siguientes 50, y la energía de sus pasos hace que su improvisada silla tiemble cada vez más, hasta que sientes un pequeño crujido.

La inclinación del suelo, a estas alturas más parecido a un desierto que al fabuloso paraíso verde al que estabas acostumbrado, empieza a ser diferente a la original, empieza a hacerte resbalar en dirección al mismo infinito en el que se están despeñando todos los iguales de gris que siguen, como si nada pasase aunque lo tienen ante sus narices, hablando y gritando y riendo como burros a los que les están cortando los testículos.

Y, en ese momento y no antes, decides levantarte, decides huir o decirles que paren, que moriremos todos. Pero es tarde. Muy tarde. El crujido se hace tan monumental como el cielo, que ahora es del mismo tono de gris que la ropa de los idénticos, y tus oídos sangran al tiempo que tus pies dejan de notar la amistad de la horizontal. Y entonces caes sin poder hacer nada, aparte de ver como los que se han quedado arriba paran de andar, alertados por el brutal ruido del precipicio al romperse, y se dan la vuelta y se largan, abandonándote en tu caída, que acaba en un lugar que no quieres ver porque sabes que no te va a gustar. Porque prefieres llegar a él sin verlo, pues sabes que las cosas solo son reales cuando las miras directamente a los ojos sin miedo. Y tú estás muerto de terror.



Y así acaba la historia, y sé que te dije que al acabarla seguirías siendo el mismo, pero lo que de verdad te debes preguntar es: ¿de verdad quieres?