Permiso penitenciario

de Moribundo Insurgente 


             Meto la llave, doy media vuelta y tras efectuarse el chequeo, arranco la moto, meto primera y me dirijo a la infinita alfombra negra.
   A partir de ahora no existe máquina y humano, no hay moto y motorista, solo un todo, una simbiosis única.


Todo pasa rápido pero tranquilo, no hay prisa, hombre y máquina fusionados sin rumbo fijo, sin pretensiones. Voy engranando marchas conforme es necesario, y tras unos minutos salgo de la estresante urbe y empiezo sentir la libertad, esa libertad que sólo puede ofrecerte 2 ruedas y la vida por delante. Decido tomar rumbo a la costa.

   Hace un día despejado, con un cielo limpio que se funde con el horizonte en el mar. Me levanto la visera del casco para sentir la brisa marítima en la cara mientras paso por una avenida llena de palmeras al más puro estilo californiano. 
   El motor ronronea suave, hipnótico y mi mente se libera de preocupaciones y procrastinaciones, se vacía y se calma. Los músculos se relajan, ya no están tensos y por fin lo noto: paz, sosiego, calma. Nada importa ahora, los kilómetros se encargan de enterrarlo todo.
  Me cruzo con otros moteros y nos saludamos con el gesto motero por excelencia, las "uves", que delatan la famosa solidaridad motera en el mundo de las dos ruedas y me siento bien. No nos conocemos pero ya somos hermanos, se que no estoy solo y que en cualquier lugar y momento de mala suerte ahí estarán para ayudarme.

   Hago una parada antes de regresar. Paro el motor y se hace el silencio, solo roto ligeramente por el sonido rítmico de las olas del mar. Me siento a contemplar el vinoso ponto que diría Homero, y se baña mi espíritu en él. En pocos minutos ha pasado más de una hora y me vuelvo hacia mi montura, esbelta y bella. Arranco de nuevo y pongo rumbo de regreso, muy a mi pesar.

   Disfruto del paisaje sabiendo que queda poco, y con la ruidosa urbe en la mente mi cuerpo se tensa ligeramente. El camino de regreso se me hace mucho más corto y en un cerrar y abrir de ojos ya estoy en la metrópoli. Aparco la montura y le echo una mirada de satisfacción, "que bien te has portado" y me invade la melancolía; hace un rato era libre y no se hasta cuando voy a cumplir condena. Anhelo con esperanza mi próximo permiso penitenciario.