Mis padres no fueron como Iósef Stalin

de Diego Torres


   Tras semanas inactivo vuelvo a escribir en Reflexiones de una Calavera mexicana. La musa anda un poco apagada últimamente, no sé cuál serán las razones, quizás el cansancio o más bien el limitado tiempo del que dispongo.

Corren sin mesura los días sin un resquicio para saborear los diferentes aromas que me rodean; las maletas se llenan y vacían, se cargan y descargan, y la vista de túnel impera tras largas jornadas laborales. Sin duda las letras se emborronan en mis ojos y las hojas pasan lentas, casi no recuerdo lo que leo.


   Este artículo fluye sin guión marcado y desconozco donde llegará a parar, así que pido disculpas si no está a la altura. Hace relativamente poco vi un documental que trataba sobre el ascenso al poder y la trayectoria de Iósef Stalin en el gobierno de la URSS. No se confundan no voy a hablar de política sino de las intrincadas relaciones entre padres e hijos. Stalin tuvo tres hijos, los cuales tuvieron finales trágicos. Svetlana Alilúyeva, su hija predilecta falleció hace escasos años, sumida en la pobreza, en Estados Unidos. Su padre pasaba gran parte de las horas y del día rodeado de sus temerosos prosélitos en una nube de intrigas reales, soñadas y la mayoría imaginadas. Stalin gustaba de la caza y de las actividades del campo y pasaba alejado de su familia largas temporadas. Se comunicaba por misivas y el supuesto suicidio de su mujer, producido horas después de una discusión en público entre los cónyuges, produjo un dolor irreparable en unos hijos que se bañaban en oro y comían caviar, pero vivían una realidad ajena al sufrimiento y las carencias propias de su tiempo. Intento ponerme en la piel de esas criaturas y navegar en sus mentes ¿Puede un tirano ser un buen padre? ¿Es el estigma de ser quién eres difícil de superar? ¿Hasta dónde debe llegar la influencia y la educación de los padres y el laissez faire? No cabe discusión de que la potenciación de las aptitudes de los niños en edades tempranas producirá una disminución de las frustraciones futuras y una menor incidencia de la depresión y las enfermedades mentales.

   En cuanto a la pregunta de si un tirano puede ser un buen padre, mi respuesta es negativa. Somos seres curiosos, la prohibición constante, la privación de nuevas experiencias y la herencia del miedo sólo conducen a una espiral de naufragios y ceguera. La vida de por sí es complicada como para poner barreras que impidan la navegación interior y exterior de nuestros sentidos. No discuto que en la sociedad debe regir una mínima ética y unas leyes que mantengan el equilibrio en la convivencia. Mi crítica va dirigida hacia una educación obsoleta basada en la competitividad y la repetición de contenidos que no busca ni le interesa el desarrollo individual de cada individuo. Así mismo en las familias cada vez imperan más los extremos, pasando de padres superprotectores, a padres que promueven el libertinaje y la dejadez más atroz. Creo que algunos padres juegan a ser dioses con sus hijos, como sí al ser creadores tuvieran el derecho de implantar unos dogmas de fe que los descendientes tienen que atajar sin miramientos. Cuántos libros se han escrito sobre esto, sobre todo en el romanticismo. La ruptura de estilos de vida marcados, de amores concertados y sueños prescritos. Qué complicado debe ser padre y qué desconocidos son para los hijos, que siempre verán la imagen que proyectan, nunca la realidad, porque la realidad es dura o por lo menos desconcertante. 

   Somos humanos, nada más, cargados de secretos, de intrigas, de mensajes encriptados, somos esclavos de procesos estocásticos, del vacío de nuestros átomos. Creo en la democracia, pero nunca voy a negociar mi libertad. Mis padres nunca fueron como Iósef Stalin. Espero que los vuestros tampoco.