El trabajo dignifica mis cojones

de Manuel Gris


      Vale. Hoy he tenido un mal día.

      De esos en los que te entran ganas de salir un segundo a la calle y comprar un bate, o de haber llevado al trabajo la escopeta que mi padre tiene en el

armario.

     Sí. Esto va sobre lo apestosamente repugnante que es trabajar.

     Así que prepárate.

     En mi humilde opinión, el peor invento jamás creado, superior a la castración química o los discos de Justin Bieber cantados por una anciana sorda y senil, es el trabajo; y todo lo que este acarrea. Porque no es solo que estés obligado a tenerlo, a necesitarlo, es que además si no disfrutas de él eres parecido a llevar una bambas nuevas con un agujero en el calcetín: algo que poca gente acepta sin rechistar y que, a la larga, todos están seguros de que produce dolor, cuando en realidad este sufrimiento corporal es causado por la forma extraña que tenemos de andar en estos casos con tal de encontrar, sin hallarlo jamás, ese punto de comodidad que nos hemos jurado que existe.

    ¿Se entendió la metáfora?

    Vale, la aclararé.

    Todas esas personas, por ponerles un nombre, que disfrutan de sus trabajos y que toda su vida, y lo repito para que duela más: TODA SU VIDA, gira alrededor de su trabajo, de los ascensos, del dinero que te da y de todo lo inútil que compramos con el dinero que, en realidad, es nuestro sudor y sangre malgastada, creen que lidian con los que no comprendemos el gusto por el trabajo, y nos tachan de gente rara, de gente que casi merecería estar viviendo en la calle y siendo meados por descerebrados que anteponen el fútbol a leer un libro o tener una conversación usando esdrújulas. Pero, en realidad, es miedo. Miedo muy profundo por lo que ven que, en comparación, es mejor que toda su ropa y sus peinados y sus electrodomésticos enormemente blancos que solo usan 3 veces al mes como es debido. Y es normal tenerlo, porque no hay peor sentimiento que darte cuenta, que saber a ciencia cierta, que tu vida está basada en mentiras sin un origen claro (y no es claro porque ellos mismos se lo han borrado de la mente. Pero le pondré nombre: publicidad y televisión) y que, hagas lo que hagas para cambiarlo vas a acabar en un lugar tan temido por todos los acomodados que, de pensarlo, les producen almorranas y calvicie prematura: la libertad del primer paso.

   Temer la libertad es comprensible; es difícil de mantener y tan frágil como el himen de una octogenaria, pero una vez la pruebas, una vez sabes que con mostaza picante sabe mucho mejor la vida, es inevitable ver tu pasado de un modo tan sombrío y lleno de lluvia que, sin más, decidimos permanecer en nuestro agujero, ese seguro y con respaldos acolchados en el que, con suerte, podemos respirar de vez en cuando algo que no huela a esa ropa “nueva” que venden los grandes almacenes y marcas que empiezan por Z o B.

    Porque, admitámoslo, ser lo que uno quiere ser y opinar lo que verdaderamente creemos, sin tapujos, es duro de cojones. Y no porque se peligroso, que también, no porque seguramente acabaremos solos, que seguramente será así, sino por un motivo tan sencillamente pesado, tan afiladamente cruel que pocos se atreven a abrazarlo sin miedo a sangrar. Y que no es otra cosa que el conocernos sin filtro, y dejar que el mundo sepa al 100% cómo somos.

    Y yo, hoy, ahora, con una cerveza a mi lado (que está vacía) digo alto y claro que trabajar, que madrugar para pasar más rato rodeado de desconocidos, que de un momento al otro nos van a joder la felicidad y nos van a dar motivos para reventarlos a patadas, que de seres a los que hemos escogido libremente y a los que llamamos familia o amor verdadero, es una mierda tan brillante y apestosa que solo pudo expulsarla alguien que no le tenía mucho apego al bienestar de sus semejantes, alguien que seguramente murió solo y rico, rodeado de sabanas de franela y habiéndose follado a más mujeres de las que yo probaré jamás (y lo digo sin envidia, solo como un hecho que podría probarse); pero del que nadie se acuerda. Que nadie gasta ni un segundo en buscarlo por Google.

    ¿Y no es justo eso lo que nos va a pasar a todos en algún momento de la vida?, ¿morir y, pasado el tiempo, será como si nunca hubiésemos existido?

    Por eso prefiero llegar a ese sueño eterno, a ese cielo negro sin estrellas y lleno de gusanos que me comerán enterito, con la tranquilidad de poder mirar a mi pasado y no verme trabajando con una puta sonrisa, no verme malgastando mis segundos de esfuerzo en algo que solo me da dinero.

   Porque tengo trabajo, sí. ¿Eso me hace mejor?, ni por casualidad.