Sólo y con dos hielos, por favor

  de Manuel Gris


   
   Para empezar voy a citar al monumental, al eterno, al inigualable (y por eso mismo nos va como nos va) Charles Bukowski, y hacer un corta pega:

 “Beber es algo emocional. Te sacude frente a la
estandarización de la vida de todos los días, te lleva fuera de eso que es lo mismo siempre. Tira de tu cuerpo y de tu mente y los arroja contra la pared. Tengo la impresión de que beber es una forma del suicido en la que se te permite regresar a la vida y comenzar de nuevo al día siguiente. Es como matarte a ti mismo y después renacer. Creo que he vivido diez o quince mil vidas ahora.”

  Y entonces, tras esto, decir porque me puso de tan mala ostia lo que me dijeron hace un par de noches.
Hay quien cree que decir lo que le dé la gana, agarrándose a esa sagrada regla de oro que todos usamos alguna vez, esa que dice que Somos Libres, les hace mejores que al resto. Yo soy el primero que digo lo que quiero, no lo negaré, pero el problema viene cuando no sabes separar dos términos tan difíciles de despegar como la libertad de expresión y el respeto por los demás.
  Cuando pasa eso, deberías empezar a aprender a meterte la lengua por el culo.
Empezaré reconociendo lo que soy:
- un mal hablado
- un loco que dice lo primero que piensa.
- alguien que daría la vida para que nadie se guardara nada en su interior.
- y creo que la lista es demasiado larga, y creo que con estos tres ya ha quedado claro por donde quiero ir.
  Pero la diferencia entre lo que yo hago, y lo que mis amigos más íntimos hacen también, y todos aquellos que se dedican a despotricar y juzgar desde la supuesta superioridad que ellos mismos lo han marcado, y en la que viven, es que nunca buscamos el dolor ajeno a la hora de ser como somos. Nunca nos verás tratando de convencerte de que vayas recto en lugar de girar a la derecha, o que saltes cuando verdaderamente deseas quedarte en el suelo. Me reiré y te llamaré lombriz, pero llevado solo por el humor sin censura y no porque de verdad quiera que cambies. Que dejes de ser tú mismo.
  Todos los que viven con la única meta de que seamos como ellos, de que te sientas mal después de oírles, son la verdadera lacra de esta sociedad que no deja de crecer alrededor de unas reglas y unos aplausos que están dirigidos a aquello que no hace más que hundirnos aún más en la desesperación y la falta de vida plena.
  Y entonces me paso lo del sábado pasado.
Alguien me preguntó, que no es lo mismo que hacer un chiste sobre todo si tenemos en cuenta el tono que usó, por qué me bebía ese cubata, que ya eran demasiados. Que quizá debería parar. Eso mientras fumaba como un loco y bailaba con música reggeton (lo escribí mal adrede) que animaba a las mujeres a comerle la polla al primero que les dijera que eran unas zorras.
¿Entendéis la contradicción?
  Hay quién se cree con el suficiente poder como para ser nuestros padres morales, que creen que tienen el derecho a decirnos qué hacer y qué no y, encima, tendríamos que darles las gracias por abrirnos los ojos y hacernos “mejores personas”. Cómo si el hecho de dejar de ser uno mismo fuese algo digno de ovación y brindis y fiestas de esas que nunca llegas a olvidar del todo.
  No sé si hace falta decirlo, pero después de ese cubata me bebí 2 más. 
  Sólo por joder.
Una vez, hace mucho o quizá no tanto pero a mí me parece una jodida eternidad, tuve una novia que se dedicaba a contarme las cervezas que me bebía en las fiestas de cumpleaños de los amigos. Una vez hasta llevó la cuenta en una boda, ¡una boda! Y encima se creía con el derecho de mirarme por encima del hombro. Al final me puso los cuernos, lo cual hizo que la verdad, los verdaderos actos, dictaran quién era la verdadera mala persona, pero no vale la pena regodearse en el asunto; aún a día de hoy sigue follándose a todo lo que pilla sin mirarle siquiera la cara, pero ese es problema suyo. Igual que lo fue su primer aborto.

  El mundo se divide en dos tipos de personas: las que son felices y las que se dedican a intentar que las demás lo sean siguiendo las reglas. Y hay algo que el segundo grupo nunca entenderá porque, sin duda, están demasiado perdidos aceptando el mundo que nos rodea como para tratar de pensar o ser por ellos y ellos mismo: la auténtica felicidad, lo que vale verdaderamente la pena, es aquello que nos sale sin pensar, sin buscar un motivo ni poniéndonos la zancadilla a nosotros mismos. Porque si ni nosotros mismo somos capaces de encontrar la salida de ese laberinto que es nuestra propia felicidad, ¿quién nos va a llevar de la mano?
  A mí, de momento, quiero que me pongan otro, doble, y son dos hielos, y brindaré por ese cielo que está tan lejos y brilla tanto por las noches que, sin que nadie más lo oiga, me susurra con la voz de Scarlett Johansson:

Ven. Salta. Alcánzame. 
Si de verdad quieres… Puedes alcanzarme.