Así nos quieren

de Lucas Albor



   Hay un poema de Bukowski en el que habla de la vida de los escritores. Así nos quieren, dice, mutilados, malnutridos, algo parecido. Lorca, muerto en la cuneta. Ezra, expuesto como un animal en la plaza pública. Creo que estaba en Lo más importante
es saber atravesar el fuego, pero no estoy seguro. 

  Así nos quieren, dice el viejo Chinaski. Arrastrándonos por trabajos miserables, aguantando con el subsidio, enganchando contratos temporales, controlando los gastos. Drogados, malheridos, ajados, colándonos en el metro, robando una pieza de fruta en el supermercado, bebiendo una lata de cerveza en el parque. Jodidos, bien jodidos, bien abajo. 

   Todos esos escritores, siempre soñando, creyendo que lo que hacen es excepcional. Imaginando el día en que las masas al fin se rindan a su rabiosa genialidad, delirando con el premio Herralde, con el Planeta, con el Pulitzer, y entretanto malviviendo, luchando con sus propios fantasmas, con sus vidas de ratones, tratando de llegar a fin de mes sin demasiados apuros.

   Y en esas, llega el día en que alguno de esos escritores, completamente al margen de la esfera pública, de los circuitos mainstream, un outsider en toda regla, uno de entre todos esos buscavidas, edita algo. Un poemario, un relato breve, una novela corta, cualquier cosa. Ahí está, la tinta sobre el papel, el ansiado trofeo. 

   El tío sabe que es difícil publicar, no es tonto, sabe que hay otros ochenta mil cabrones ahí fuera haciendo exactamente lo mismo que él, y que seguramente de esos, al menos la mitad sean mejores que él. Pero el caso es que está ahí, por azar, por fortuna, quizás una pizca de talento. Por supuesto, es algo con lo que ha soñado miles de veces, algo en que ha puesto todo su empeño y su mejor voluntad. El tío piensa en las horas que se ha tirado dándole a las teclas, las correcciones, el proceso de creación, etcétera. 

   Así nos quieren, mutilados, malnutridos, decía Bukowski. Se suceden las felicitaciones de amigos y conocidos. El tío, aspirante a escritor, supone que debería sentirse orgulloso, cuanto menos alegre. El teléfono ruge, la gente hace comentarios en Facebook y Twitter. Enhorabuena, le dicen, ya sólo falta plantar un árbol y tener un hijo. Alguno pregunta dónde se puede comprar, alguno quiere un ejemplar firmado, otro se compromete a acudir a la presentación. 

   Y él, completamente aislado, da vueltas por la casa, contando los azulejos de la cocina, fumando compulsivamente, con tos, congestión nasal, migrañas. Pensando en esa amiga que le ha dado la espalda. Pensando en las ramas podridas de su árbol genealógico. Pensando en su ex-novia, que abortó cuando estaban juntos y ahora debe andar por el séptimo mes de embarazo. Pensando en el tío con el que ella le ponía los cuernos. Preguntándose por qué mandó a tomar por culo su antiguo curro, y por qué el anterior, y por qué el anterior del anterior. Bloqueado con su segunda novela, sin apetito, sin dinero, sin ganas de nada.

   Se tumba en el sofá y enciende la tele. Después se mete en la cama y cierra los ojos. Son apenas las 8 de la tarde, pero la noche anterior apenas durmió, tiene fases de insomnio, pesadillas, dolores de cabeza, es algo habitual. A las 11 se levanta, por supuesto no puede dormir. Camina hasta la cocina, enciende otro cigarrillo, le da una calada larga, ahoga un acceso de tos. Así nos quieren, piensa. Mutilados, asomándonos al fondo del abismo. Se prepara un vaso de leche con galletas. Entonces piensa en Hemingway, con el rifle en la boca. Deleuze, cayendo al vacío desde la ventana. Nietzsche abrazando a los caballos. Kafka, tuberculoso en el sanatorio. Los últimos años de Céline, o de Capote. Sonríe, mojando las galletas en la leche. Así nos quieren, precisamente así. Fante, ciego en el hospital. Lorca, muerto en la cuneta. Vuelve a sonreír. Bukowski, llorando por el amor de Linda King. Todo va bien, piensa. Todo va estupendamente.