La felicidad sin vendas

 de Manuel Gris


  
   ¿Sabéis esos momentos en los que te preguntas si realmente eres Feliz?, ¿si lo que estás haciendo es lo que harías en caso de no tener miedo a nada ni a nadie?
   Voy a concretar. Será más sencillo.
Me cruzo cada día, y trabajo, con gente que cree que la vida que
llevan es lo mejor que han escogido. Lo mejor. Normalmente hablan más del trabajo o de su familia que de sí mismos y de las cosas que hacen cuando están a solas, porque cuando no están haciendo eso que Deben hacer pues, sin más, dejan de ser ellos. Desaparecen. Como un estornudo, uno de tantos, que dejamos escapar en invierno. 
Y me pregunto, ¿de verdad?, ¿en serio?, ¿tu vida está tan llena de citas en la agenda donde tienes que tener esa reunión o acompañar a tu mujer o ver como tu hijo hace una exhibición de judo que no te has planteado qué es lo que realmente te llena en esta vida? ¿Has pensado alguna vez que solo tienes una y que cada día que gastas, que recorres, no se va a repetir ni vas a volver a aprovecharlo? Ese día está perdido para siempre, igual que ese Tú del pasado que nunca, de ningún modo por mucho que lo intentes vistiéndote a la moda o yendo a lugares a la última, volverá realmente. Porque esa parte de ti ha muerto.
Otro estornudo.
   Hay veces en las que disfruto sentándome en un banco de la calle, como un viejo jubilado, y observo como la gente pasa pensando en sus cosas y yendo a ese lugar que les hace mirar en todo momento el reloj o jugarse la vida cruzando un semáforo en rojo de una calle de 5 carriles y, curiosamente, muy pocos, ¿digamos un 5 %?, sonríen. Ni un poquito. Nada. Parece que cuando salen o van al trabajo o llegan tarde a alguna cita no van por voluntad propia, sino porque algo, llamadlo como queráis que yo lo llamaré Humanidad, les ha dicho que tienen que hacer eso, que necesitan hacer eso. Que deben ir. Normalmente son personas que si les preguntases algo tan simple como: ¿qué harías si te dijera que mañana tienes el día libre y podrías hacer lo que quisieras?, contestan con un silencio, de esos que dicen más que las propias palabras, o con algo así como pues no sé, quedarme en casa y no hacer nada para descansar. Vale que no hacer nada a veces apetece, que incluso en necesario dependiendo de si te acuerdas o no de cómo llegaste a casa la noche anterior, o si has estado haciendo una mudanza de esas infernales, pero no hacer nada un día libre porque quieres descansar de tu trabajo, de tu familia, es decir: de lo que forma la mayor parte de tu vida, es algo que dice mucho sobre la forma en la que la estamos viviendo; la forma en que la estamos alimentando como una sanguijuela escondida en algún rincón de nuestro cuerpo y que no conseguimos encontrar. 
   Cuando la vida te agota hasta el punto de que lo único que quieres hacer, de un abanico tan grande de cosas posibles como pueda alcanzar la imaginación, es Nada, es un ejemplo más de lo mal que la Humanidad está gastando su tiempo de paso por este planeta. 
   Una vez un amigo me dijo que el problema de la gente es que nunca se ha sentado a preguntarse qué es lo que quiere, y que muchos dicen ser rico o tener novia o directamente tener una novia rica, pero aparte de decirlo y reírse la mayoría no lo piensas en realidad, porque si de verdad quisieran eso se levantarían y empezarían a luchar por ello, y lo que es aún peor: sus respuestas no vienen de su interior, de lo que necesita su alma, sino de lo que ellos creen que la gente espera que digan que quieren tener.
¿Se ha entendido? Quizá no (yo lo he tenido que leer dos veces para ver si estaba bien redactado…)
Los deseos son tan personales como la cantidad de veces que pensamos en nuestras ex cuando nos masturbamos, y hay muy pocos que se atrevan a decirlos en voz alta, y el problema viene cuando el motivo es el miedo a lo que los demás piensen de ellos. Como si decir que quieres ser músico o policía o basurero fuera algo que no fuera aceptado por Ellos, y sea más sencillo decir físico, biólogo o empresario (que nadie se ofenda, he cogido tres carreras comunes al azar). Saber lo que uno quiere ser, lo que de verdad le hace levantarse por las mañanas con sueño y ducharse y vestirse e ir allá a hacerlo, no debería ser un tabú o algo sobre lo que no debamos pensar. 
Sé que es difícil aceptarse, sé que muy poca gente tiene los huevos de mirarse al espejo y decirse en voz alta verdades que duelen o que nadie ha oído antes, para después decírselas al mundo, pero este miedo es un filtro más que el mundo le ha puesto delante al hombre para diferenciar a los dos tipos que hay: los valientes y los acomodados.
   Los acomodados necesitan que el mundo le plantee retos, porque deben tenerlos y no porque los quiera o busque, pero mientras los hacen saben que de un modo u otro lo lograrán. Quizá no acabe como ellos esperaban, pero sin duda el punto y final estará en la otra punta de la misma línea recta en la que empezaron, y que es tan sencilla de recorrer que tan siquiera se dan cuenta de ella.
Los valientes, en cambio, saben que cada paso que dan les aleja del pistoletazo de salida, y la línea recta que todo ser humano tiene bajo sus pies se vuelve curva, y pasa por una gran lista de lugares que, siguiendo la recta, jamás hubiesen ni soñado alcanzar. Caminar por estas curvas es difícil, debes hacer sacrificios y, a veces, caminas solo, pero el premio es tan brillante que, una vez alcanzado, miras hacia atrás con orgullo de todo lo que has sangrado y llorado, de todo lo que has hecho bien y rematadamente mal.
Todos sabemos que una recta, que algo sin curvas, es menos peligroso y más cómodo, y que puedes hasta echarte una cabezadita de vez en cuando, pero las curvas… el peligro… las sorpresas…


   Hay veces en la vida, en la de todos, en las que de una manera o de otra nos ronda la siguiente pregunta: ¿debo hacerlo? 

Y creo que la respuesta que deberíamos darle a esa voz que solo busca que nuestra existencia sea más plena es: ¿por qué no?