Rayos catódicos

   


   Llegamos cansados de trabajar, con la única idea de darnos una larga ducha que nos saque todo esa capa de empleo "malpagado" que nos cubre el cuerpo, incluso a veces es tal nuestro nivel de cansancio que no nos apetece ni esa ducha, y nos sumergimos en la confortabilidad de nuestro sillón favorito, ése que nos atrapa y engulle cómodamente mientras el mando a distancia del televisor se nos pega en la mano. Y que gusto da tener ese maldito mando en la mano, el poder de la sobre-información  con una sola pulsación de nuestro dedo. Y es que resulta curioso como se está utilizando la información como medio de control social (bueno, mejor dicho es el miedo que se implanta con ésta lo que se está utilizando como herramienta de control social). 
   Antes, años atrás,  la desinformación se utilizaba como formula de represión,  todos recordamos aquellos años de la España de color sepia y olor a rancio donde se ocultaba toda información que viniese del extranjero y las tijeras del "señor censor" siempre estaban bien afiladas para "retocar" cierta información interna que pudiera ofrecer alguna "visión equivocada" (por parte del periodista, artista...)  de los valores morales que se servían como pilar a tal "esplendoroso" régimen. 
   La falta de información sumergía a las personas en una profunda laguna de ignorancia donde resultaba imposible nadar en ella, y si a una información escuálida le sumamos la vil manipulación de ésta,  obtenemos un resultado interesante de dicha ecuación,  una población sumisa, ciega e ignorante buscando el amparo y protección de "papá Estado".
   Pero si damos un pequeño salto de unas cuantas décadas en el tiempo nos encontramos con una España muy distinta, una España moderna y colorista, una España donde la "¿"libertad"?" que nos trajo la "¿"democracia"?" nos ha llenado las calles de anuncios de ropa, perfumes u otros artículos ofrecidos por exuberantes modelos en ropa interior sugiriéndonos cuales han de ser nuestros hábitos de consumo; la misma "¿"libertad"?"  que nos ha dado dos coches por  cada hipotecado hogar (con sus préstamos bancarios incluidos) y un televisor en cada cuarto de éste. Y es ahí donde empezaba esta historia si no recuerdo mal (antes de que perdiera el hilo con la nostalgia de los recuerdos) con cualquiera de nosotros sentados frente al televisor (después de un largo y duro día de trabajo en nuestros empleos de mierda) dispuestos a darnos un buen baño de rayos catódicos y espumosa luz azulada. Y como íbamos diciendo, a punto de abrir esa majestuosa y mágica ventana (ese ojo de Sauron que todo lo ve) con un solo gesto de nuestro dedo que nos expondrá a nuestra sesión de sexo duro diario de la sobre-información "¿"democrática"?".

   ¿Pero...(os preguntaréis)... si la falta de información era mala, cómo puede ser también nociva la sobre-información?

   La sobre-información se está utilizando como efecto hipnótico, disponemos a nuestro alcance de demasiados periódicos, revistas, emisoras de radio, canales de televisión y megas de internet, una inagotable fuente de "mass-medias" que nos colapsan el cerebro con dosis elevadas de informativos, concursos, programas de farándula, películas,  series, vídeos de You Tube, páginas webs, blogs, dibujos animados, fascículos coleccionables y una larguísimo etc, encontramos información hasta debajo de las piedras, se regalan diarios en los transportes públicos, los partidos políticos nos llenan las calles de carteles electorales, en cualquier sala de espera encuentras un monitor bombeando números y datos,  y si intentas relajarte en una cafetería o local de ocio siempre encontrarás a alguien masticando palabras en forma de opinión (que la mayoría de veces no tiene ni idea de lo que está hablando).
   En nuestro cómodo sillón nos dejamos educar, la sobre-información nos hace creer que políticamente existe la derecha e izquierda cuando lo único realmente existente es el  capitalismo;  nos convence de que nuestra tortícolis es a causa de dormir en una mala postura y nos envía a la farmacia a por el antiinflamatorio de moda, cuando es por estar todo el día mirando hacia otro lado al pasar junto a algún "sintecho" (o parado, desahuciado, pobre, desposeído...); nos convence de que es incívico colarse en el transporte público hasta el punto de que nos indignamos al ver a alguien haciéndolo,  pero no nos indignamos al ver personas comer basura del supermercado de enfrente o los precios de dichos transportes suben desmesuradamente cada año; nos enseña de una forma muy sutil a tener miedo, miedo a los encapuchados de las manifestaciones, miedo al desempleo, miedo a los terroristas, miedo a la delincuencia, a los inmigrantes... y claro, ante tanto miedo, ante tanto peligro inminente la sobre-información nos inculca su más preciada lección,  ésa que nos marca a fuego, y es que ante tanto riesgos en nuestras vidas, la "injusticia justificada" no nos parece tan grave, y todos vemos bien (o por lo menos no tan mal) sacrificar o perder unos cuantos derechos a cambio de esa supuesta seguridad que el Estado nos ofrece dando un nuevo significado a aquella estrofa de la canción ULTRAMEMIA del grupo DEF CON DOS que decía "es preferible la injusticia al desorden/decía el abuelo al abrocharse el uniforme).

   Pero no todo puede ser oscuro y engañoso en el mundo de la sobre-información, también recibimos bellas lecciones, los niños tienen un catálogo permanente de juguetes en cualquier canal televisivo para poder hacer sus cartas a los reyes magos y pedir juguetes compulsivamente (aunque a la hora de la verdad ni les gusten ni deseen tener esos juguetes, pero los hemos educado en pedir de una forma enfermiza y claro, ahora no vamos a cambiar la tradición); cualquier famosillo que salga en un anuncio de una O.N.G. nos hará pensar en los "negritos del África" y los noticiarios nos harán sentir que "je suis Paris et je ne suis pas Siria" mientras nos sentimos orgullosos de ser tan solidarios, pero nuestra empatía diferencia a los muertos civiles en "humanidad de primera" o "humanidad de segunda" según a la parte del mundo que pertenezcan.
   
   Pero bueno, como yo no tengo muy claro a que humanidad pertenezco, hoy me pongo la capucha, pero no me la pongo para cometer un acto terrorista, ni para realizar una protesta con plena acción directa, ni mucho menos para hacer cualquier barbarie criminal, me la pongo sencillamente para cubrir mi cara por pura vergüenza,  porque hoy he trabajado mucho y estoy muy cansado de haber sido explotado, y lo único que me apetece es tirarme en mi sofá y dejar que los rayos catódicos de mi televisor me frían el cerebro.


Juan Cabezuelo