Ser o no ser (inhumanos)

   
  
 Hoy está demasiado nublado, lluvioso y poblado de gente como para que esta ciudad en pleno proceso de descomposición  pueda soportarlo. El día ha amanecido torpe, resentido, algo así como malhumorado, los coches parece que hacen más ruido, echan más humo y salpican más agua al pasar por encima de los charcos que otros días; los árboles están más retorcidos, sus ramas caídas (supongo que por el peso del agua) casi tocan al suelo, dándoles un aspecto de depresión profunda, y las ventanas de las casas, empeñadas por el cambio de temperatura,  invitan a que mires hacía otro lado.
   Las personas no es que hayan despertado mucho mejor, las primeras que me encuentro nada más salir de casa y de camino a la estación parecen un puñado de zombies que acaban de salir de sus tumbas y todavía lo están flipando; ya sentado en el vagón de tren (a salvo de ser mordido y convertido en uno de ellos) las personas que van subiendo en cada estación no mejoran el ambiente, para unos hace demasiado frío, para otros demasiado calor, otros se quejan de que nunca hay asientos libres (y nos miran con cierto odio a los que estamos sentados por el rabillo del ojo). Su frustración la desahogan volcándola contra el maquinista, él tiene la culpa de todo, de que no haya más asientos, de que yo tenga frío y tú calor, del retraso generalizado en la Renfe, incluso de que hoy esté lloviendo (ahora que lo pienso, el dolor de cuello que tengo por haber dormido en mala postura puede que sea culpa suya también). 
   Llegado a destino la odisea empeora,  bajar del tren se convierte en una competición de a ver quien hace caer a quien, todos tienen más prisa que yo (por lo visto) y eso les da el supuesto derecho de pasarme por encima (a la hora de bajar de un tren de cercanías se pierde toda condición de edad, minusvalía y carga, allá tú si no espabilas), el pasillo para hacer transbordo al metro es algo espectacular, si llevásemos el equipamiento adecuado, se parecería a un partido de fútbol americano, todo son empujones, codazos, mochilazos, bolsazos,  caras de odio extremo y algún que otro gilipollas que se piensa que puede ir en monopatín arrasando a todo el que se le ponga por delante (y eso que hoy no se han puesto los recaudadores de impuestos a pedir billetes, si no los disturbios estarían servidos). 
   Subir al metro es la más trepidante de las aventuras de la mañana, ya nadie recuerda si se ha de dejar salir o entrar, si las zonas para bicis están reservadas para éstas o si las embarazadas y ancianos tienen preferencia a la hora de sentarse, solo importa el "quítate tú para ponerme yo", todo el  vagón se convierte en un inmenso caldo de cultivo de mala educación, antipatía y poco respeto hacia el prójimo.
  El camino de la estación al hospital no es tan malo, me da la oportunidad de respirar un poco de aire ¿puro? de esta podrida ciudad. Una vez vestido de blanco me siento seguro, camino por los pasillos desde el vestuario hasta mi servicio saludando a la gente que me cruzo o dando indicaciones de donde se encuentra tal consulta o el servicio de diagnósticos por la imagen a la pobre gente que se ha perdido por ese laberinto de pasillos y puertas, y por un momento me ilusiono pensando que puede que el día no sea tan malo después de todo; pero al llegar a urgencias la cara de mis compañeros lo dice todo; en el momento que pisas el suelo de urgencias vestido de blanco, te transformas en algo así como el maquinista del tren, toda la culpa de lo que pasa en el mundo es tuya, así que me convierto en un blanco fácil para todo aquel que esta harto de esperar en la sala de espera, de a los que no les a gustado el diagnóstico del médico (se ve que en los huevos kinder ahora en vez de juguetes cutres que atentan contra la seguridad infantil, regalan títulos,  diplomas y masters de medicina y enfermería, porque cualquier persona que viene a urgencias se cree que sabe más del tema que los que trabajamos aquí de toda la vida). Unos se enfadan porque quieren que saquen a gente de los boxes al pasillo para que los atiendan más rápido, pero cuando les toca a ellos ir al pasillo, la ofensa no tiene límites, otros no entienden por que una persona que ha venido con un infarto o una hipoglicemia de 30 pase delante de ellos que han venido por un cuadro catarral o una cervicalgia, así que la jornada laboral se acaba convirtiendo en un pequeño infierno repetido día si y día también en un interminable dejá vù (el eterno "día de la marmota" sanitario).
 La vuelta a casa se puede resumir en pocas palabras, si te interesa tu integridad física, no intentes optar a conseguir un asiento en el metro o en el tren.
   Recuerdo que hace bastantes años,  cuando trabajaba de repartidor, una madrugada que estaba esperando en la barcelonesa Plaza Real a que un comercio abriese para hacerle una entrega, en una de las persianas de un restaurante cerrado, alguien había escrito con spray "LA FE MUEVE MONTAÑAS", y otra persona con los pies más en el suelo había escrito debajo y con letra más nerviosa "Y EL DINERO LAS HACE DESAPARECER". No sé en que momento de nuestra existencia habremos perdido la fe en nosotros mismos ni en nuestro prójimo, no sé si habrá sido progresivamente o ha ocurrido de golpe,  me cuesta entender como hemos acabado siendo todos enemigos de todos, y me asusta esa falta de empatía que el ser humano demuestra hacia los demás, pero lo peor de todo es que hasta el que hizo la segunda pintada se equivocaba, porque esto ya no lo arregla ni todo el dinero del mundo.