Caras

 


   Me cruzo con un compañero de trabajo, me dice -Joder tío, que cara de enfadado tienes hoy-,  no sé por qué, no estoy enfadado; al rato hablo con otro, éste me dice que siempre llevo una sonrisa en la cara, yo, extrañado sigo con lo mío, algún que otro paciente me dice que soy muy amable, a otro le oigo decir a su acompañante cuando salgo del box -Que  borde que ha sido ¿No?-. Se ve que según con quien hable y la relación que tenga con esta persona, tengo una cara u otra, también debo hacerlo según mi estado de ánimo y si quiero disimularlo o no, o sea, que a veces estoy de bajón pero llevo una cara alegre para que nadie me coma la cabeza, o estoy super contento pero pongo una expresión seca porque no es de la incumbencia de nadie el motivo de mi alegría. Y si lo pensamos bien...

   ¿Somos realmente nosotros mismos?, bueno si, yo sé que yo soy yo, Juan Cabezuelo, único he irrepetible (ufff), pero... ¿me muestro tal como soy al resto de personas?, si le pregunto a cualquiera de mis conocidos si ellos lo hacen, todos contestaran -Por supuesto, yo solo tengo una cara, soy como soy, etc, etc-, pero en el fondo todos sabemos que eso es mentira, ¿quien no se ha colocado una sonrisa para disimular las ganas de llorar?, ¿o quien no ha ocultado el miedo con una expresión de despreocupación, o a mentido y se ha hecho el inocente...?.
   Tenemos caras para todo, caras alegres, de sorpresa, de interés, caras tristes, alegres, amigables, caras para mostrarnos cariñosos o para dar a entender que no estamos para tonterías, nos las vamos cambiando a lo largo del día y durante toda nuestra vida a nuestro antojo, nos sacamos y colocamos caras como quien se cambia de camisa o pantalones, a veces no nos resulta fácil hacerlo, otras veces incluso es doloroso, pero tarde o temprano acabamos haciéndolo,   incluso lo hacemos sin querer hacerlo, o nos vemos obligados por alguna circunstancia a realizar ese cambio de faz. Pero, ¿que pasa con esa cara que tapamos hasta la saciedad?, esa con la que nacimos, con la que crecimos y aprendimos a ocultarla, ¿alguien la recuerda?, yo por supuesto que no, puede que tanto cambiar de cara nos haya hecho olvidar cual es la nuestra verdadera, o quienes somos realmente, quien hay ahí dentro de ese cuerpecito que llamamos "yo".
   Quizás  deberíamos utilizar un tiempo al día (aunque solo sean unos minutos), a mirarnos en el espejo y después cerrar los ojos e intentar encontrarnos de nuevo por ahí dentro, esforzarnos en llevarnos a conocer de nuevo, sin caras falsas que simulen sentimientos, todo lo contrario, dejar que los sentimientos sean nuestras caras, y llorar, reír, alegrarnos, enfadarnos o estar tristes cuando y como nos apetezca, delante de quien sea y sin importarnos la opinión ni la imagen que tengan los demás de nosotros, tal vez así lleguemos a averiguar quienes somos realmente.


Juan Cabezuelo