Ídolos

   


   Al final todos acabamos igual, metidos en una bolsa de plástico mientras se vacían nuestros intestinos por la relajación de esfínteres.
   Conocí al escritor hace ya algunos años, me ilusionó mucho tener la oportunidad de hablar con él (por aquella época me ilusionaba con cualquier cosa), la mañana antes de ir a su casa no podía parar de imaginarme nuestros temas de conversación y no dejaba de ojear los libros que tenía escritos por él, todos autobiográficos contando su historia como miembro de  la F.I.J.L., de su participación como miliciano anarquista en el levantamiento del treinta y seis y sus andanzas como refujiado en Francia y preso en las cárceles franquistas. No quería que se me escapase ni un dato, quería que viera que estaba bien informado sobre todo lo que había escrito. Pero al llegar a su casa no encontré a una persona mayor enérgica por todas sus experiencias y con ganas de contar su historia a un joven admirador deseoso de escucharla de sus propios labios como me había imaginado; lo que encontré fue a un viejo decrépito y amargado, incrustado en un viejo sofá delante del televisor mientras se descomponía en vida. Me miró con cara de desprecio, como si le molestara que yo estuviera allí,  y el único tema de conversación que pude sacarle fueron los intentos de venderme alguno de sus viejos libros que tenía apilados en sucias cajas de cartón junto al sofá. Intenté explicarle que no podía comprarle uno porque mi situación económica no era muy buena y a parte, porque tenía todos sus libros; pensé que eso le alegraría, que al darse cuenta de que yo tenía todos sus libros entendería que apreciaba y respetaba mucho su trabajo, pero lo único que conseguí fue que me mirara con cara de decepción (ahora sobrevivía de eso, de vender sus propios libros a las visitas, libros viejos y descoloridos que la editorial le proporcionaba como una cruel limosna para que no se muriera de hambre). Al final salí de su casa con un mísero adiós y uno de sus libros que le compré por pena con una seca dedicatoria "para el compañero Juan" (le hubiese dado lo mismo poner mi nombre que Manolo, Pedro o Alberto, para él no significó nada) bajo el brazo.
   A los pocos meses me enteré  que había muerto, ese viejo cabrón la palmó y acabó como todos acabaremos, dentro de una bolsa de plástico mientras se vacían nuestros intestinos, pero bueno, había dejado un preciado hueco en la escena literaria para que otro lo ocupará.
   La editorial "La Esfera" se hizo con los derechos de su libro más importante poco antes de que el muriera, así que ahora se queda con sus beneficios mientras que de su cuerpo a día de hoy no queda ni el recuerdo.
   Si ahora lo pienso, puede que comprenda toda esa frustración y tristeza, no debió de ser fácil sacrificar su juventud, su familia, su salud, su libertad e incluso su propia vida para ver como todo se iba a la mierda por el conformismo, consumismo, egoísmo y cobardía de una juventud que se volvía adulta educando con tan tristes ideales a sus propios hijos; pero también reconozco que el agujero que dejó en mí la decepción cuando lo conocí no lo olvidaré jamás  (puede que sea a causa de mi egoísmo particular). Quizás esa famosa frase tenga razón, a lo mejor no es buena idea conocer a nuestros ídolos.



Juan Cabezuelo